17 jul. 2007

La Casa

I

La casa había permanecido cerrada por mucho tiempo. Los vecinos cansados de tener en su cuadra ese punto de miedo habían elevado cargos ante las secretarias encargadas para que la sellaran y fumigaran pues además del hedor que parecía brotar de cada uno de sus centímetros se oían en las noches el trasegar de miles de roedores. Por eso cuando ese domingo sintieron la llegada de un rojo camión de mudanzas y el ajetreo propio de los coteros que deseaban terminar pronto su faena para irse a refrescar a la primera tienda que encontraran abierta pues la canícula y el sopor los parecía derretir todos salieron a darle la bienvenida a los nuevos vecinos.

Eran jóvenes, del altiplano. El, dando ordenes para que bajaran con cuidado todo el menaje y ella, mirando a todos los lados como queriendo reconocer una cara amable en toda esa muchedumbre que había salido a mirar su mudanza. El niño que cargaba en brazos no dejaba de llorar.

Doña Maria, una de las más viejas se acerco y le dijo:
    - Si quieres vas hasta la casa para que tomes un poco de sombra hasta que estos terminen su labor. Y de paso refrescas al niño. Debe tener hambre y con este calor infernal… –
La joven la miro inquieta al notar como la señora se arrepentía de sus palabras. Miro al esposo que asintió con un encoger de hombros.

II

El niño creció en la cuadra junto a los otros niños de su edad. Pero cosa rara el único que era ataviado por todas las señoras con cruces, estampitas, medallitas, ungiciones de agua bendita y letanías de versos sacados de cualquier página de una Biblia en latín, era Vladimiro, como se llamaba el chiquillo.

Los padres a veces lo hacían devolver estos regalos como decían las matronas que eran. Otras veces apelaban a una religiosidad colgada en algún punto de sus vidas:

    - Bueno, no creo que eso le haga daño, y además todos los pelaos los usan… -
III

A veces los chismes llegaban hasta la sobremesa.
    - No mujer, yo no creo en esas patrañas de pueblos calenturientos. Vivimos en una ciudad afamada por ser de brazos abiertos, una casa heredada por no sabemos quien y que juramos vivir hasta el fin de nuestros sueños, así que olvídate de esas habladurías. Vas a creer que todos los jóvenes que vivían en esta casa han muerto en extrañas circunstancias, ya sea atravesado su corazón por varillas de acero en un accidente de construcción, o traspasado por una estaca al resbalarse y caer encima de una poda de esas que acostumbran a realizar a principios de año o aquel otro que en un acto de valentía ante sus amigos se ofreció para el acto de lanzamiento de cuchillos y fue ensartado por uno de estos. Que va, son solo eso, accidentes. A nuestro Vlad no le va a pasar nada -
IV

Los jóvenes esposos a pesar del tiempo transcurrido no se habían adaptado del todo a la comunidad. El hecho que Vlad se hubiera dedicado a ser acolito de la Iglesia no lo veían con muy buenos ojos y esas habladurías los ponían de mal humor y terminaban peleándose entre ellos mismos. Por eso con la llegada de las festividades de la Virgen del Carmen hicieron todo lo posible para que este se apartara de los festejos.
    - Porque no te vas esta semana de novena para donde tus primos allá en Boza. Ve y cambia de ambiente por un tiempo –
El joven se negó rotundamente. No quería dejar a su querida Amanda sola y que cualquiera la galanteara. Por ello ese dieciséis de julio se acicalo temprano y se fue para la Iglesia. Amanda era del coro y allí se podían ver todo el día sin la mirada severa de sus progenitores.

Todo transcurrió de manera normal. Se rezaron los rosarios, se prendieron los inciensos, se pelearon los cargadores por los puestos en el anda y las legionarias por su puesto en la fila. Cuando todo estuvo a punto la procesión dio inicio a su recorrido. Por las calles Vlad veía como la gente se arrodillaba, saltaban para arrancar flores del anda y los más atrevidos pasaban un pañuelo por la imagen que curaría sus heridas.

V

Roberto como siempre era el primero cuando llegaba la fiesta. Era un pirotécnico enfermizo. El, nada de tradición o fe, a el solo le interesaba lanzar totes y voladores a diestra y siniestra. Los primeros asustaron a Vlad que se detuvo a ver como explotaban y parían una lluvia de bengalas en el cielo. Ya los otros no le causaban ninguna gracia. Por eso cuando la gente corrió despavorida el se quedo quieto, ahí, viendo como la cola del volador, su timón de guadua que lo dirigía en su travesía espacial, retornaba como un bólido a tierra y se incrustaba en su cabeza empalándolo ahí en el medio de la calle.

VI

La casa sigue sola. Sus ventanas abiertas parecieran invitar a entrar. Dicen que el arriendo es barato y su interior acogedor. Las ratas ya no llegan y el hedor ha desparecido. Cuando es noche de luna llena todos temen pasar por su puerta que pareciera abrirse para que sigas adelante.

5 comentarios:

Sniper dijo...

Por momentos me llevó a las tenebrosas calles de México, allá en tiempos del virreinato, con sus empedrados y sus lamparas de aceite colgadas en las esquinas, encendidas todas las noches a la misma hora.

Que emoción de leer algo que te lleve a otros mundos y que triste final para el el joven enamorado de la chica del coro.

Saludos Mexicanos.

ARETINO dijo...

Gracias por tus comentarios

Túrin dijo...

Vlad? aun no comprendo esa analogia, pero igual me ha gustado mucho el cuento.

tanakin dijo...

jeje, excelente cuento, creo que lo de vlad es porque ese era el nombre real del conde drácula y como el conde mataba a sus enemigos empalándolos... en este caso fue Vlad el que murió así. Supongo que esa es la analogía.

Wendy dijo...

WoW... Que buena hisoria.. cuidadosa en los detalles...

Saluditos

Wendy