18 jul. 2007

El que vigila desde los sueños

1.
Hace algunos años, la mayor preocupación en mi vida era el Diseño Precolombino, nada más que un requisito académico que quería dejar atrás. La estructura curricular de mi carrera sólo permitía tomar ciertas asignaturas en determinados períodos del año, pero mi tenaz insistencia convenció a la Universidad de la urgencia de cumplir con ese requisito concreto, asi que, dada la ausencia de docentes cualificados en el tema, terminé en el fondo de una oscura, fría y polvorienta bodega del Museo Arqueológico bocetando a lápiz y clasificando los hallazgos más recientes.

Durante los casi tres meses que duró mi trabajo pasaron por mis manos cerca de cincuenta piezas, la mayoría en cerámica, algunas en piedra, y una muy extraña. Se trataba de una figura tallada en piedra a partir de un paralelipípedo de cerca de quince centímetros de alto y con una base cuadrada con lados de siete centímetros. La Facultad de Geología fue incapaz de identificar el duro y traslúcido mineral negro sobre el que la figura estaba tallada.

Un par de semanas tras la llegada de la pieza al Museo, el primer intento de robo en más de veinte años de existencia de la pequeña pero significativa colección dio como resultado un par de vidrios rotos y una puerta de la bodega forzada. Pero los ladrones ignoraron por completo la colección de cerámica precolombina, e incluso pasaron por alto la vitrina con las piezas de oro, únicas que el Banco de la República permitía tener en custodia, siempre bajo su vigilante y estrecha supervisión.

La prensa local se limitó a decir que los ladrones no habían sustraído nada de valor. Sospeché que no se llevaron nada porque lo único que les interesaba tal vez estaba, ilegalmente, lo confieso, en mi poder. La pieza tallada en piedra negra reposaba en ese momento en mi propio estudio, mientras trataba de realizar una reproducción tridimensional de mi hallazgo favorito.

Una vez terminado el modelo, lo publiqué en cierta página web dedicada a hechos extraños. Un tal Profesor Daniel Thurston, en los Estados Unidos, me envió un correo bastante cortés preguntándome, con crasa curiosidad mezclada con sutil desconfianza, si se trataba de un objeto auténtico. Impresionado por los títulos con que acompañó su nombre en el correo electrónico, acepté enviarle las fotografías que usé para la elaboración del modelo digital.

Una vez cumplido el requisito académico y devuelta la estatuilla a su estante en la bodega, rompí cualquier relación posterior con el Museo y retomé el alegre y despreocupado ritmo de mi vida de estudiante.

Justo cuando el semestre estaba terminando, una noche en que me preparaba para salir a festejar precisamente ese magno hecho con el resto de la “pandilla”, recibí la contestación del Profesor Thurston, que reproduzco en español, en versión libre:

“Muy estimado amigo:

Con sinceridad espero que sus deberes académicos no le obliguen más a tener contacto con esa espantosa muestra de un horroroso pasado que la humanidad debería olvidar.

El por qué de la presencia de ese objeto repulsivo al lado de las encantadoras y hasta inocentes muestras del arte de los pobladores humanos originales de su bello país seguirá siendo un misterio, que ni usted ni nadie debería tratar de resolver. Muchos años de experiencia y la curiosa, por decir lo menos, historia de mi familia, me han enseñado que el Universo está lleno de preguntas cuya respuesta sólo puede acarrear muerte, locura, o un destino tan siniestro que no existen, en las lenguas de la humanidad, palabras para describirlo.

No pretendo, de ninguna manera, asustarle. Pero es mi deber advertirle que el contacto con ese objeto blasfemo es fuente de males sin nombre. Como el último integrante de una familia literalmente devastada por ese mismo mal, le suplico encarecidamente que suspenda todo interés por el objeto. Destruirlo sería, de hecho, lo mejor que se podría hacer con él, pero sospecho que eso esté lejos de sus capacidades, o de las de cualquier ser humano de nuestra época.

Sé perfectamente que mi sinceridad o mi cordura quedan bastante en entredicho por causa de este mensaje. Pero no me importa. Tengo un deber con la humanidad entera y por este medio hago lo posible por cumplirlo.

Para finalizar, debo agradecerle inmensamente. Su mensaje y las fotografías que lo acompañan han constituido para mí, aparte de inenarrable horror, un profundo alivio, al constituirse en pruebas irrefutables – al menos para mí – de que la trágica historia de mi familia, en algún momento etiquetada como la “terrorífica fantasía de un escritor demente de Nueva Inglaterra”, no es más que la pura verdad. Si mi tío Francis Wayland Thurston y el memorable Profesor Angell vivieran, seguramente unirían sus agradecimientos a los míos, por confirmar que todo el horror que llegó a causar sus muertes fue real y no el fruto de mentes calenturientas y enloquecidas.

Es irónico que deba agradecerle por todo el terror que sus mensajes han traido a la vida de este pobre anciano, pero al menos ahora tengo la certeza de mi propia cordura y de la cordura de mis ancestros. Ya no me importa la reputación de mi familia, pues sé que está limpia.

Suyo en la esperanza de que los Dioses Arquetípicos impidan el regreso del horror,

Daniel Thurston
Profesor Emérito
Facultad de Antropología
Universidad de Miskatonic”

Un par de días más tarde intenté responder al Profesor Thurston solicitándole y hasta exigiéndole más detalles, pero nunca respondió. Sólo meses después recibí una breve nota de una tal Doctora Virginia Whateley, de Arkham, Massachusetts, donde me anunciaba la muerte del Profesor Thurston tras una angustiosa dolencia nerviosa, y aclarando que se tomaba el trabajo de comunicarme la triste noticia sólo porque el Profesor había mencionado mi nombre varias veces durante su “delirio”.

2.
Años después volví a saber de la famosa pieza tallada en piedra negra. Una foto fugaz en un noticiero de TV anunció que figuraba dentro de un lote de piezas precolombinas capturado en Dinamarca justo antes de que fuera subastado. Estaba perfectamente descrita en un informe publicado por la Interpol:

“Junto con piezas precolombinas correspondientes a la cultura Muisca, se encontró también una estatuilla de procedencia desconocida, elaborada en ónice, de seis pulgadas de alto y dos coma siete pulgadas por dos coma siete pulgadas de base, que representa una criatura mitológica desconocida con cabeza de cefalópodo, alas de quiróptero y garras de felino. Dicha pieza no ha podido ser clasificada pero será procesada junto con el lote Muisca dado que las evidencias apuntan a una procedencia común.”

Las noticias también hablaban de un par de técnicos del Museo Arqueológico que habían renunciado dos años atrás, antes de que se descubriera la ausencia de una significativa parte de la colección. Uno de ellos estaba en España cuando fue capturado por la Interpol acusado de tráfico de patrimonio arqueológico. Murió misteriosamente antes de que fuera procesado.

3.
Sólo volví a visitar el museo mucho después, durante las tradicionales fiestas de la ciudad. En un rincón estaba mi vieja amiga. Sólo que ahora, exhibida sobre un pedestal de madera y con un rótulo al lado ofreciendo en cierto modo disculpas por no saber nada sobre ella e iluminada desde abajo por una luz halógena, me infundió un inexplicable pánico. Tal vez el mensaje del Profesor Thurston me hubiera afectado más de lo que me atrevía a reconocer. Quizá haya sido la visión de esos ojos horribles tallados en piedra negra, que creí ver brillar con un resplandor rojizo a medida que crecían en mi cerebro hasta alcanzar proporciones de locura. Entonces supe que el horrendo Ser representado por la figura sabía de mi existencia, me miraba desde una tumba submarina. Y me llamaba.

Los hombres de seguridad del Museo, junto con los paramédicos, debieron arrastrarme hasta la ambulancia en medio de una violenta crisis nerviosa.

4.
Imágenes de un pasado remoto se han metido de algún modo en mi cabeza. Imágenes de una precisión estremecedora que a duras penas puedo explicar por mis escasos conocimientos precolombinos, y en las que la estatuilla negra tiene un lugar prominente como centro de un ritual salvaje que cada noche termina en sangre y orgía. Cada noche la ceremonia es más violenta. Cada amanecer se alarga en el desesperado intento de no volver a dormir. Cada día se prolonga ad infinitum en la angustia que acompaña el ocaso y la proximidad de los sueños. Y cada mañana crece el horror de las pesadillas, cada vez más vívidas, y en las que, lejos de ser la víctima, soy oficiante de esos rituales inhumanos.

Hace poco hubo un nuevo intento de robo en el Museo. Aunque los medios de comunicación han reportado que los ladrones no se llevaron nada, yo sé lo que un hombre solitario extrajo del recinto.

Estuve a punto de perder el sentido al levantarme esa mañana. A diferencia de las noches anteriores, no había soñado con muerte y sacrificios ni con la salvaje danza alrededor del altar negro en un paraje desolado. Tenía un vago recuerdo de las calles de mi propia ciudad, de pasillos oscuros y puertas que se abrían con sigilo. Por supuesto, la estatuilla estaba presente en el sueño – siempre estaba presente – pero la ausencia de sangre representó un alivio para mí. Hasta cuando miré el escritorio.

Sentí que la estatuilla me observaba, así como en los sueños el Ser que la estatuilla representa me observa desde su tumba; sus ojos repulsivos buscan mi mente y la llenan de horror y sangre, sangre que gotea de la daga de forma inhumana que cada noche empuño para ofrecer nuevas víctimas a la imagen, que reposa en el altar de piedra mientras una enloquecida multidud salvaje y desnuda danza a su alrededor.

Busqué una caja y arrojé la estatuilla en ella, y la empujé bajo la cama mientras encontraba una manera de deshacerme del objeto. Tuve que viajar casi tres horas hasta un sitio donde, creí, podría deshacerme de esa “espantosa muestra de un horroroso pasado que la humanidad debería olvidar”. La arrojé al majestuoso río que, pausado, viaja hacia el norte, hacia el mar inmenso y lejano. La lancé con fuerza, con ira, y con fe en que ninguno de los pescadores volviera a sacarla del agua en su red, o que la corriente no la dejara varada en alguna playa en la que un ser humano la encontrara otra vez. En mi desesperación, deseé fervientemente que, de ser encontrada, todo el horror fuera sufrido por el desgraciado que efectuara el hallazgo, con tal de verme libre de las pesadillas.

Estaba tan cansado que esa noche me quedé en ese cálido y maloliente puerto pesquero, en un hotel de tres al cuarto del que sólo me interesaba que tuviera una cama disponible. Me fui a dormir con la esperanza de que las pesadillas se hubieran ido con la caja arrojada al río.

Iluso: soñé con la luz de la luna reflejada en la superficie de un río majestuoso y plácido, y con seres indescriptibles que con manos escamosas me entregaban una caja medio deshecha, y en una nueva ceremonia alrededor de un altar improvisado en la orilla de ese mismo río. Y, como siempre, era yo el oficiante; fui yo quien cortó, con un cuchillo de extraño diseño, el cuello de una muchacha morena, tal vez la hija de un humilde pescador. Fui yo quien tomó la inocente cabeza entre manos ensangrentadas y la arrojó al río entre salvajes aclamaciones de los demás danzantes, algunos de los cuales no eran humanos.

Desperté bañado en un sudor que nada tenía que ver con el calor pegajoso del amanecer en ese puerto, y sí con el terror de comprobar que la pesadilla en que se había convertido mi vida no iba a terminar nunca.

Me incorporé y me senté en el borde de la cama. Mi pie tocó un objeto metálico, frío, en el piso, que recogí sin mirarlo apenas para ponerlo sobre la mesita de noche. No tuve que buscar el interruptor de la luz para comprobar que se trataba de una daga de extraño diseño y cuya hoja aún tenía manchas de sangre.

Permanecí todo un día acurrucado en un rincón de la habitación, mirando la caja que estaba colocada en el rincón opuesto, al lado de la cama de hierro. Una caja de cartón medio deshecha por el agua, y que en la pesadilla me había sido entregada por manos inhumanas. Sabía lo que había en su interior, por supuesto. No tuve necesidad de abrirla para comprobar la mirada escalofriante de ese ser que en sueños me observa desde su tumba submarina, a mucha distancia de aquí.

También supe todo el tiempo que los gritos y lamentaciones de la gente que recorría las calles del pueblo se debían al hallazgo del cuerpo, decapitado, de una muchacha morena, tal vez la hija de un humilde pescador.

4 comentarios:

ARETINO dijo...

guau, sin aliento. Que historia!

Túrin dijo...

Ya lo conocia, pero es uno de sus mejores cuentos.

Mornatur Ormacil dijo...

Danke, muchachos. Siempre me ha quedado la duda, sin embargo, sobre el ambiente "lovecraftiano" que quise crear. ¿Funciona?

tanakin dijo...

no se a que se refiere lo del ambiente, pero me gusto el cuento, bastante lúgubre y acertado, enhorabuena mornatur ormacil.