21 dic. 2010

Según nuestros tiempos

En el principio era caos, Claudio tenía su vida embolatada, entonces Claudio metió hojas de vida por todas partes y consiguió un trabajo, y vio él que esto era bueno.

Después de tanto tiempo solo, Claudio busco y busco y encontró una gran mujer llamada Clara, entonces con ella se casó y de tres polvos tuvieron sus tres hijos, y vieron él y Clara que esto era bueno.

Fermín, Raúl y Andrés, sus hijos, crecieron rodeados de un gran amor que le tenían él y ella... Entonces Claudio trabajaba duro para alimentarlos y mantenerles un hogar, Clara se esforzaba como madre y se dedicaba a darles todo lo que necesitaban.

Él y ella se dedicaron con tanta persistencia en mantener un hogar, enseñarles y educarlos y vieron ellos que todo esto era bueno.

Pasaron los años y Fermín y Andrés comenzaron a rodearse de "amigos", entonces salían a fiestas, fumaban, se drogaban, quisieron armar sus propias reglas y se olvidaban completamente de Claudio y de Clara. Ellos preocupados intentaban llamarlos, enviarles alguna señal, pero ninguna respondieron.

Raúl pasaba casi todas las noches insistiendole a Claudio y a Clara que tuvieran paciencia con ellos y que por favor los perdonara, pero Fermín jamás se disculpó y Andrés regresó llorando con ganas de cambiar.

Él y ella armaron una familia, quisieron todo lo bueno posible y siempre estuvieron allí para ellos....

Pero Fermín fue un mal hijo.
Andrés aprendió la lección.
Y Raúl prácticamente nunca vivió. 

17 dic. 2010

Un hombre de buena fe II: In memoriam Carolus Magnus

(Click para leer la primera parte del cuento "Un hombre de buena fe")


Lo más irónico de la historia, es que la muerte realmente tenía razón. Nadie representa para ella más que un fulano más y eso lo había visto en seis ocasiones nuestro héroe durante el año que está por terminar. En especial dos de esas muertes fueron impactantes para él.

La primera vez, fue la muerte de su tío. Al menos la genética decía que lo era, aunque las relaciones hace rato habían probado lo contrario.

Carlos Sánchez era un hombre extraño dentro del contexto de su familia. Uno de aquellos individuos que a los ojos de sus víctimas eran la personificación del mal, pero que ante el espejo podían verse confiando en que eran hombres de buena fe. También tenían sus ambiciones, sus metas, pretendió alguna vez conquistar el mundo. Su esposa fue hermosa. Deseada por muchos. De aquel tipo de mujer que huele como la carne recién preparada para aquellos hombres que viven en una alerta permanente por encontrar mujeres que puedan llevar a la cama.

Seguramente Carlos pensó lo mismo cuando la vio por primera vez. Nuestro héroe al pensar en la situación llegó a preguntarse si en verdad Carlos alguna vez se había sentido como una buena persona o si alguna vez se sintió como una víctima. Si él era capaz de sentir alguna cosa buena.

El horror de sus últimos días, le fue contado a Divius por su otro tío, Matías. Al parecer, viejo y amargado, Carlos se había encerrado en el oficio que había aprendido tras haber sido despedido del único empleo que tuvo por robar a sus jefes. Y es que desde hacía varios años, Carlos había perfeccionado su técnica y conocimientos en la reparación de computadores. Murió por una falla al corazón. Un doloroso infarto que se desarrolló por lo menos durante 24 horas. O eso le dijeron.

Su hijo no quería asistir a su funeral. Carlos Mauricio decía, que él había sido su progenitor, más no su padre. Esta frase le fue dicha a Divius por su primo, cuando intentaba convencerle que asistir al funeral era un gesto de apoyo a su madre y no de honrar la memoria de su “progenitor”. Se la dijo aquella noche, mientras comía Chop Suey y veía novelas mediocres en televisión. Realmente no parecía afectarle. De alguna manera, era envidiable.

En efecto, Divius, aunque lloró amargamente cuando se encontró con su propio “progenitor”, en la sala de espera de la funeraria donde estaban preparando el cadáver de su tío, no lloraba por la muerte de él, sino por una idea abrumadora: pensó que nunca se enteraría del día de la muerte de su padre. Y que tampoco se enteraría de su muerte. Visto desde la perspectiva de un espectador en una sala de cine, la escena era simplemente demasiado trágica para no llorar amargamente, pues Divius, quería a su padre, aunque fuera consciente de que solamente fuera su “progenitor”.

La segunda muerte que estremeció a Divius, ocurrió la mañana del 17 de diciembre de 2010. Carlitos Figueroa, un hombre gentil – en la acepción de la palabra que comúnmente podemos encontrar en la Biblia – había fallecido después de más de una semana de haber sido hospitalizado. Las causas de su muerte se desconocen en el instante en que estas líneas fueron escritas. Sin embargo, las ideas no dejan de fluir en la mente de nuestro héroe.

Carlitos era de aquellos hombres para los cuales la ingeniería del alma era como la de una catedral gótica. Aunque podía ser inmensa, era bella. Y a pesar de su tamaño, nunca colapsó. O Divius nunca lo supo, pues en las pocas veces que compartió con él, siempre hubo generosidad.

De niño, Carlitos muchas veces se ofreció a colaborar con diligencias del pequeño Divius. Si era necesario ir al colegio, si era necesario ir a entregar un documento. Y cuando se trataba de visitarlo, las pocas veces que lo hizo, eran visitas realmente agradables. Llegó a su vida en el cambiante 1997, cuando la primera migración de nuestro héroe tuvo lugar, desde su pequeña burbuja provincial donde incluso el crimen es seguro, a la hostil capital. Una de las ciudades más caóticas y peligrosas del planeta.

Solía llamar a la casa para hablar con Carmencita, su abuela – aunque ella detestaba profundamente esa palabra. El los escuchaba hablar en voz baja por el teléfono, como si se tratara de dos quinceañeros que se están jurando amor. Era bonito, aunque nuestro héroe sintió celos más de una vez. Aún así era bonito.

Muchas veces le había invitado a visitarlo a la ciudad a la que se había mudado. El clima cálido era tentador, pero la angustia estúpida por no incomodar, sumada a la desgradable presencia del "progenitor" de nuestro héroe hicieron que nunca se materializara tal decisión. Se había aplazado como muchas que debían ser inaplazables, porque uno de los defectos que Divius nunca pudo corregir, fue la idea que siempre había suficiente tiempo para hacer las cosas, aunque la vida le hubiera demostrado que no existe suficiente tiempo para nada.

Un día antes de morir, Divius se enteró de la delicada situación de Carlitos. Su madre le había alertado al respecto y sin embargo, solo intento llamarlo una vez. No lo logró y después solo lo aplazó. Nuevamente.

La mañana de la muerte de Carlitos, Divius estaba quejándose de que no podría festejar con sus amigos si decidían que viajarían a visitarlo en su lecho de enfermo el día domingo y no el lunes. Luego de un arreglo con su madre, acordaron convencer a Carmencita de viajar el lunes a aquella calurosa ciudad. Pocos minutos después, su madre lo llamó para contarle que Carlitos había muerto. El sentido de todo plan había sido arrebatado en ese momento. Era inútil planear. La muerte había desvanecido las vida de otro hombre de buena fe, quien tal vez mereciera más el título que el propio Divius.

Carlitos había muerto. Y a Divius no le quedaba otra opción que la de aceptar que los buenos deseos, que las buenas acciones, no eran nada ante la muerte. Que probablemente nada tuviera sentido, porque la muerte se llevó tanto al mezquino como al bondadoso. Porque nadie sobrevive a su terrible sentencia.

Lo peor de todo es que lo único que Divius pudo hacer ante tal situación, fue robarle inspiración al suceso y escribir unas mediocres líneas tratando de hablar acerca de la finitud de los seres vivos. Todo para cumplir con un estándar absurdo y autoimpuesto, pues su texto aunque pueda ser del agrado de varios no lo es de él mismo, porque se nutre de la desgracia para lograr el reconocimiento.

Y así tendrá que continuar su camino conciente de una inefable verdad: la vida sigue, no importa la naturaleza de las circunstancias que vivamos y aunque decidiéramos nosotros mismos acabar con nuestra existencia, jamás escaparemos del inevitable paso del tiempo y todas sus consecuencias. Es responsabilidad nuestra no hacer nada útil con el que nos dieron. Nuestra y de nadie más.


Pic: "Some day, i'll bring you flowers, frozen flowers of death." by e³°°° licenciado bajo una Creative Commons CC. BY-2.0

Soundtrack: Maps - The Yeah Yeah Yeahs

14 dic. 2010

Señor Sueco


- Señor sueco, ¿no me ve?
- Señor sueco, ya llegué
- Señor sueco, ya me voy
- Señor sueco, ¿no se dio cuenta?
¿Será que yo soy invisible o él es ciego?

Los domingos el señor sueco juega poker y come pizza con sus amigos suecos en la sala, pero tampoco me ve. El último domingo me senté en el sofa antes que llegara, pero el señor sueco llegó con sus amigos se asomó, no dijo nada y se fué. Señor sueco ¿no me vio?

El señor sueco estuvo en la cocina, los chismes están recien lavados, pero él siempre come en su cuarto. El señor sueco entra y sale sigiliosamente. El señor sueco vive en la misma casa que yo, pero yo no se si me conoce. El señor sueco vivió un mes aquí, pero ya se mudo y no me dijo hej doj.

El viernes pasado había mucha gente en la Cleo y todos bailaban y tomaban. Ahí esta el señor sueco bailando y muy borracho. Ahora se me acerco y me miro: "creo que tu y yo nos hemos visto antes" me dijo...

- Señor sueco, ¿ya me vio?

9 dic. 2010

Paula

Paula usa gafas oscuras, tiene un culo precioso, 29 años y se va a casar.

Enciende un cigarrillo y se toma el ultimo trago de vino, Miguel la mira con sus ganas contenidas, los dos saben a que han venido, ella tiene su ropa en el carro, se quedará todo el fin de semana mientras su novio se muere de la rabia porque no le contesta el celular.

Felipe, novio de Paula había dado un paso en la no tan larga pero si profunda relación con ella. La había invitado a quedarse una semana y de repente ya era un mes. Paula amaba a Felipe, pero cuando este le dijo muy sutilmente, pero de manera directa que necesitaba su espacio, ella empacó con una sonrisa en su cara y antes de darle un beso le dijo: fresco, yo también necesito el mío

Miguel moría por Paula y durante ese fin de semana tuvo tanto sexo que nunca lo iba a poder olvidar, ni siquiera cuando después encontró a la mujer que lo iba a amar por siempre pudo en secreto dejar de imaginar que cuando hacía el amor con ella era Paula la que estaba ahí. Pero llegó el domingo por la noche y se despidieron en un beso apasionado.

Paula estaba de verdad cansada, prendió su celular y tenía muchísimos mensajes de Felipe, se sintió mal por dos minutos, luego simplemente un poco culpable, luego sintió la felicidad que tienen los que sienten que han cobrado algo de venganza… Felipe necesitaba espacio, ella se lo había dado, pero había rellenado su vacío de paso.

Mientras descansaba en su casa sonó el timbre y no pudo evitar sentirse nerviosa, después de todo Felipe era su novio, o bueno, lo había sido y lo mas seguro era el, sin embargo tampoco se iba a humillar ante nadie.

En piyama dejó entrar a Felipe, que lucía desesperado y Paula en ese momento tuvo que tomar una decisión, ¿simplemente mentiría o le contaría la verdad?. Pero ninguna mentira sería realmente creíble y la verdad no solo la liberaría, si no que completaría su venganza y le daría la lección que Felipe debía aprender, aunque eso le costara su relación e incluso sus ilusiones.

Felipe preguntó y Paula contó. Con una precisión perversa no omitió detalles, el permaneció impasible y de repente se levantó, le dio la espalda y cuando ella creía que se iba se volteó y tenía algo en las manos.

Un anillo.

- Creo que es el momento de que no haya mas espacio entre tu y yo. ¿Quieres casarte conmigo?

Ella se quedó sin voz para contestar y solo atinó a asentir con la cabeza.