30 jul. 2007

Entre niña y mujer

Puede ser cualquiera lo sé, pues después de tantos largos años no bisiestos, en una ciudad tan grande como ésta, hacen que este evento sea algo irreal.

Su rostro puede ser un rostro más de esos tantos miles que se muestran ante nuestros ojos andando por la calle. Puede ser uno más de esos que vemos mientras uno viaja en autobús o en subterráneo, o quizás sea uno de los que pasan polvorientos en viento rosa mientras uno espera sentado en la alameda con una flor a aquella que llegará en cualquier momento.

–¡Patricia!­­– grité ímpetuosamente como si tuviera la certeza de que se tratase de ella, muy a pesar mío, no recibí respuesta.

Seguí caminando tras de ella no por manía sino por necesidad, pues nuestro camino era el mismo que el de los otros cincuenta traje-sastre que iban a nuestro lado.

Mientras caminaba recordé aquellas aventuras que viví acompañado de Carlos y Diego. De pronto recordé, sin mucha niebla, el día en que mis amigos y yo decidimos sobrepasar los límites de nuestros 11 años e ir tan lejos como nos lo permitieran nuestras cortas piernas. Estábamos cansados de descubrir que el color de las bragas infantiles era siempre el blanco. Nuestro objetivo estaba claro: descubrir el incógnito color de las bragas Patricia, nuetra jóven maestra.

– o –

Patricia, una jóven de diecinueve años quién era nuestra maestra de inglés, se mostraba siempre atenta a nuestros recurrentes partidos de fútbol y en los que más de una ocasión le dedique el gol del gane: ella a cambio me regalaba un beso en el viento, de esos que nacían en la cintura de su falda para viajar por dentro de su cuerpo y en el tronar de sus labios e impulsado por un moviento suave de su mano salía expulsado de su boca y aún con su perfume flotaba por el aire hasta llegar a mi mejilla.
No dudo que aquella maestra tan hermosa y tan cercana a nosotros halla sido el gran sueño de muchos de nosotros.

–o–

No pude más e invadido por el deseo de la certidumbre, me paré frente a ella, la tomé por los hombros y dominado por el respeto y la costumbre infantil de nombrarla, pregunté –¿Miss Paty?­– ella despojó la blanca y seductora música que llevaba en los oídos y con una sonrisa me contestó

–Si, soy yo, aunque no me llaman así desde hace muchos años­– pude notar en su cara que era verdad lo que decía y me ruboricé ligeramente, ella continuó con la pregunta temida de que quién diablos era yo.

–o–

Carlos nos manifestó su plan –Te colocarás un espejo en el zapato, eso nunca falla y mientras las maestra revisa el libro de Diego, tú introduces tu pie discretamente entre sus piernas y listo, el reflejo nos revelará la diferencia entre una niña y una mujer.

–¡Son rojos! – Exclamé, según yo, muy por dentro –¡Son rojos! – aunque seguramente algo de emoción salió por mi boca al descubrir la gran diferencia entre niña y mujer.

La maestra volteó alarmada y descubrió nuestra jugarreta.

–¡Diego y Sebastián, salgan en este preciso momento del salón! – gritó Patricia y salió detrás de nosotros. Tiró un sermón del que no entendimos más que aquella parte en que nos decía niños precoces.

–o–

No fue fácil explicar quien era yo... pues cómo explicarle que yo era el niño que a los 11 años miró sus bragas nada pero nada infantiles.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

M knfunde.. no c si es un texto k planea ser erótiko o solo es un simple relato d algo k t sucedió. Kero k pudist haberle dado más fuerza.

Anónimo dijo...

Es una buena anécdota, verdad o fantasía, creo que es buena, aunque, si creo que hizo falta algo !!!

De cualquier forma, no cabe duda, que dejas ese algo .......

Kuroko dijo...

AH! buenos tiempos los del Cole.. Gracias por hacerme recordar

Wendy dijo...

Y pensar que hay una época en la infancia masculina, en que no quieren saber absolutamente nada de las mujeres. Jejeje...

Saluditos

Wendy