11 oct. 2012

Calor

Transcurría el año...

Bueno, lo cierto es que no recuerdo el año, pero en esos días hacía mucho calor. La ropa se adhería fácilmente a la piel y las personas deambulaban sin sentido por los empedrados, haciéndose uno con el sopor de la tarde, buscando una sombra, un cariño, una excusa.

Ella se mojaba entre los pechos, empapaba su soledad, que le ardía más que el sol de la tarde. Él la veía desde una posición alta, con el peligro de quemar la retina de sus ojos tanto por el radiante espectáculo de la tarde, como del astro vengativo que parecía resistirse a su ocaso.

Lo era, una mujer bella, una contra medida para el bochorno vespertino que amenazaba con cocinar su interior.

Se acomodó la ropa holgada por la constante perdida de líquidos, hacía meses que no sudaba, y por el contrario le parecía que su piel excretaba un polvo salobre, el cual le daba el aspecto de estar siempre sucio.

No le importó, se acomodó el sombrero lo mejor que pudo y abrochó el último botón de su camisa, si no estuviera tan acostumbrado al calor, eso habría sido una locura. Aunque todas las personas que lo observaron durante el trayecto hasta la pequeña plaza en que estaba la mujer.

...

Amparo se sintió rara, por un momento un viento frío se elevó por su espina. Observó a su alrededor, pero solo vio casas en ruinas, entablados sostenidos solo por el capricho, desprovistos de clavos, madera achilada, raída, de otros tiempos e instantes.


4 oct. 2012

Verde


Take me down to the paradise city where the grass is green and the girls are pretty

Era el frío normal de todo mediodía.
Un frío soportable que permitía llevar una chaqueta ligera algunas veces, algo impensable para la noche. Miró el cielo y las eternas nubes grises emitían ese resplandor acostumbrado.
Decían que había un sol atrás que generaba una luz brillante y hermosa, los que se habían ido de ese viejo planeta debían haberlo visto, pero el, un tipo olvidado de un mundo olvidado no lo alcanzaba a imaginar. El nunca se iría, ya ni siquiera lo deseaba como cuando era joven.
Muchos incluso adoraban ese sol, decían que era la manifestación de Dios mismo, creador de vida y por eso este mundo estaba muerto, porque había vuelto la espalda a la luz eterna, al calor omnipotente, ocultándolo tras las nubes de nuestro pecado.
O eso decían.
Entró al restaurante.
Viejos ventiladores de techo giraban lentamente y unas cansinas luces de neon intentaban ganarle la lucha a una oscuridad que reptaba y no se dejaba vencer tan fácil. El lugar estaba casi vacío y un tipo tras la barra lo miro un segundo y se ocupó en lo suyo, mirar lejos.
En un rincón una de las luces parpadeaba y vio al hombre del maletín.
“Tiene cara de comadreja”, pensó. Y era apropiada la descripción, especialmente porque podía ver bien su cara, el tipo no estaba usando respirador ni gafas. Empuñó con fuerza el maletín y se acercó.
- No es necesario que uses el respirador, el ambiente es controlado – dijo comadreja
- No estaría muy seguro que un sitio como este tenga un buen control de ambiente – le contestó
- Como quieras – contestó comadreja, con una sonrisa… de comadreja – ¿es la paga? – agregó mirando el maletín
- Si – contestó el y se lo pasó
Comadreja lo abrió y le pareció a el que una luz dorada iluminaba su cara.
Le pasó el maletín.
- Patrón tiene la clave, así lo pidió – dijo comadreja
- Supongo que sabes que pasa si no… – empezó a decir
- Lo se – dijo comadreja – supongo que sabes que pasará si no lo llevas.
Tomó el maletín y salió del restaurante, caminó por la calle mugrienta atestada de gente, cuando llegó a la vía principal el ruido de los aero-autos inundó el ambiente y volteó a mirar atrás. Un tipo como el sabía cuando lo seguían, buscó el arma automática y cuando empezó a desenfundar un proyectil rozó su oreja, se tiró al piso y desde allí respondió en modo ráfaga, dos inocentes cayeron pero ya sus perseguidores se cubrían, corrió a donde estaba su aero-auto, pero allí habían dos mas, disparó. “Uno menos”, pensó.
Pero esa victoria momentánea no fue suficiente, dos disparos le atravesaron por la espalda y mientras caía el atronador sonido de un aero-auto que bajaba al nivel prohibido del piso lo terminó de aturdir, una escotilla se abrió y Aceitoso salió con una “Segadora”, disparó una ráfaga que simplemente acabó con toda persona frente a el, una puerta se abrió y Negro lo subió de un jalón.
Agonizaba, pero sus compañeros no le dijeron una palabra, el no se atrevió a entregarles el maletín, ellos tampoco se lo pidieron, mientras viviera era su responsabilidad.
La plataforma de aquel edificio se abrió y cojeando, escupiendo sangre por la boca y dejando la vida en cada respiro bajó del vehículo, se quitó el respirador y las gafas, sintió un sabor ácido en su lengua y en sus ojos un ardor, pero ya no importaba, entró y unas mujeres con mallas plateadas lo miraron pasar indiferentes, Negro y Aceitoso lo seguían atrás, pero no se atrevieron a ayudarlo, abrió una puerta y en un sillón estaba Patrón, vestido de rojo, con sus anillos en cada dedo, con el sombrero de lujo y tras sus gafas oscuras sus ojos brillaron.
El, en su ultimo respiro estiró su brazo y entregó el maletín.
Mientras moría Patrón le acarició la cabeza como quien acaricia a su mascota fiel y solo dijo: Gracias, Perro.

*******

Perro estaba muerto a sus pies, Patrón miró el maletín y presionó los botones de la clave, el maletín se abrió y un fulgor verde se iluminó en sus gafas.
Entonces acarició aquella belleza extraña, verde y orgánica, y el sentir de la grama en sus dedos erizó su piel.