12 oct. 2011

Destino, azar y suerte...

Sentada en un rincón de su celda ella sólo intentaba encontrar alguna forma de terminar con su vida.
Sentado en el piso de su celda él sólo veía el tiempo pasar.

Un día recostado en la pared de su celda él escuchó a alguien sollozar.
Y le habló.
Acurrucada en su pequeño catre ella escuchó.
Y hablaron.
En la soledad de sus celdas habían encontrado alguien tan sólo como ellos. Y entre dos la soledad es menor.
Y hablaron.
Y hablaron todos los días, o todas las noches porque para ellos era igual.
Y se conocieron.
Y se contaron sus vidas y sus secretos.
Y sin saberlo él evitó que ella se quitara la vida.
Y sin saberlo ella evitó que el enloqueciera de soledad.
Los separaba un simple muro, pero igual hubieran podido estar separados por océanos o montañas.
Estaban tan cerca y a la vez tan lejos.

Un día el gobierno cayó y las prisiones se derrumbaron.
Los rebeldes abrieron las celdas y se llevaron a los prisioneros.
Y ellos fueron libres.
Libres y solos.
Libres y separados.

Por años se buscaron por todas partes.
En las villas y en los pueblos.
En las ciudades y en los campos.
Se dejaban mensajes que sólo el otro podría entender si algún día los leía por casualidad.

Así fue como él se enteró que ese día ella llegaría al puerto.
Y él corrió a esperarla.
Por fin conocería a aquella que le dio fuerzas para soportar las largas noches.
Por fin conocería a aquella con quien compartió sus mas íntimos secretos.
Por fin la conocería a ella.
Pero el destino es cruel.
Y con una tormenta hizo retrasar su barco lo suficiente para que él pensara que se había equivocado.
Y cuando ella por fin llegó el puerto estaba vacío.

Y aún siguen libres.
Libres y separados.
Y siguen dejando mensajes que sólo el otro podría entender si algún día los lee por casualidad.

1 comentario:

Clau dijo...

Triste pero bonito