9 ene. 2009

El Loco

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Hernández era un niño normal, lo recuerdo en primaria, con su cabello indio alborotado y su tez morena corriendo en un recreo entre los jardines de arena seca y arboles que daban una sombra que refrescaba el alma, en los que jugábamos bolita uñita en aquel bello colegio que hoy en día me parece mas un sueño que una realidad.

Allí donde la felicidad recorría pasillos de infantes que se les escapo el elixir de la eterna sonrisa seguramente Hernández empezó a enloquecer o quien sabe, tal vez fue en su casa, tal vez fue todo junto, tal vez si eran ciertas esas historias, elevadas al nivel de mitos urbanos en los que se contaba que el pobre muchacho había visto a su padre ser asesinado cuando era muy niño y que a pesar de que era un bebe en ese tiempo, el daño le había quedado guardado en su cabeza.

La verdad nadie nunca le pregunto a Hernández porque se había enloquecido, pero si sabemos cuando fue, porque recuerdo ese primer día de clases en Decimo grado que el tipo llego con un sombrero de copa y unas cartas.

Había aprendido unos trucos en las vacaciones y en recreo nos divertimos viendo como a veces acertaba y a veces fallaba, ya no jugábamos bolita uñita tanto, ya nos preocupábamos de las amiguitas y nos masturbábamos a escondidas, ya algunos exhibían orgullosos el hecho de no ser vírgenes y nos emborrachábamos con 4 cervezas… ya nos enamorábamos sin saber que las desgracias del amor y la madurez nos empezaban a alcanzar.

El problema de Hernández no es que hiciera trucos con las cartas, si no que empezó a creerse el cuento de que en realidad hacia magia, que era un tipo importante al que todo el mundo admiraba, un conquistador imaginario que no solo creía que todas nuestras compañeras de colegio estaban enamoradas de el, si no que en realidad el si estaba seguro de eso.

Al principio pensamos que era una simple broma, pero no, Hernández empezó a desarrollar toda una vida imaginaria en la que el creía y cada vez se complicaba mas, pronto ya nadie le decía por su apellido, pronto paso a ser simplemente El Loco.

El Loco durante todo el año desarrollo mejor sus teorías, ya no solo era mago, si no hijo de Pablo Escobar y que había sido mandado a Barranquilla de incognito para ser protegido, sin embargo aun hacia negocios con Gacha (alias el Mexicano) y nos contaba convencido de cómo era perseguido por organismos del estado, pero que el siempre se les escapaba.

Su mirada se volvió ausente, viviendo en un mundo inventado, un mundo dentro de su cabeza y quien podía adivinar sus sueños… o tal vez si, se imaginaba novio de Diana, la pelada mas bonita del colegio y a pesar de que ella en su bella adolescencia ni lo determinaba, el aseguraba que ella moría por el, inventaba encuentros furtivos detrás del coliseo a las 4:30 PM donde realizaba cosas impensables para todos nosotros, pelados normales que veíamos a Dianita preciosa, inalcanzable, pues ella salía con hombres de universidad.

Inventaba rivalidades caballerescas con otro amigo, al que le decía que un día iba a retarlo a duelo por Diana, que escogiera el arma, Felipe se reía del asunto y le mamaba gallo al mismo estilo, en realidad todos vivíamos algo de su extraña realidad y seguíamos el juego en su presencia, tal vez porque era divertido, tal vez porque su realidad era tan fascinante y extraña que hubiéramos querido que fuera cierta, que hubiéramos deseado parte de esa locura.

Llegaron las vacaciones de mitad de año y Hernández no volvió en Julio.

Historias al respecto hubo, esquizofrenia fue una palabra nueva para mi, locura nos costaba menos pronunciar, pero con las hormonas a mil y un mundo que nos parecía abierto de piernas seguimos nuestra vida, del Loco no supimos mas, porque el mundo nos arrastro en su vuelta, nos llevo fuera de aquel paraíso en el que estudie, me quito muchos amigos a los que conocí, se llevo toda inocencia, se llevo los sueños y los remplazo por una realidad en la que quisiera algo de locura.

Una noche llegó, 18 años después, en la que yo miraba por mi ventana una estrella, me quejaba de mi trabajo y la rutina, me quejaba de mi sueldo y mi suerte, quise pensar que era lo que quería ser allá en 1990, cuando la vida era una risa y los sueños los agarrabas al estirar la mano… y me di cuenta que no me acordaba, me di cuenta que tantas cosas han pasado, tantas lagrimas y desencantos, tantos ausencias y despedidas, tantos gritos silenciosos desesperados en la oscuridad sin nadie para abrazar, tantos deseos de escapar de una realidad que no solo me consume, si no que se apropio de mi… me di cuenta que hasta mi memoria, la puta realidad ha querido borrar, pero definitivamente no quería ser el tipo que maldice su trabajo y su soledad desde una ventana mientras miraba una estrella.

Entonces descubrí que hubiera querido ser: Hubiera querido ser Hernández, el esquizofrénico, el loco, aquel que supo escapar de lo mas cruel que tiene la vida… la realidad.

2 comentarios:

:: Theraq :: dijo...

Algo de razón el de este cuento; sin embargo se necesita mucho coraje o mucha suerte para tomar un camino distinto... Buena cosa don Túrin.

Walter Hëgon dijo...

Yo siempre he deseado morir de locura. Contraer una de esas enfermedades que hacen que la realidad se disocie. Algunas veces pienso que es mejor que la realidad.

Otras veces encuentro a quien amar y pienso que todo está mejor. Que todo puede salir bien y que puedo ser algo más que lo que soy.

Vamos a ver si al final de mis días ganó la desventura de enloquecerse o triunfó la cordura del amor.

Buena historia mi señor Túrin Turambar