2 ago. 2013

Palabras

Palabras, le gustaban sus palabras, solía releerlas cuando descubría que estaba en medio de sus momentos de soledad, las leía una y otra vez, no porque la soledad le agobiara sino porque era en esos instantes de soledad en los que podía devorar cada palabra, degustarla, saborearla con cada sentido y entonces sentir que le pertenecía.

Así le pertenecían sus palabras, todas las que había pronunciado, más aún las que se atrevió a escribirle, desde  la más dulce hasta la mas rencorosa, desde la más tierna hasta la más caprichosa, todas esas palabras que como un hilo formaban sus recuerdos, todas las que sobre papel se dibujaron, todas las que en su piel se imprimieron, todas las que bajo suspiros murieron, todas, las sentía suyas cuando la soledad daba espacio al deseo. 

Eran sólo palabras creyó alguna vez, cuando era común recibirlas, cuando las encontraba dentro de sus libros, bajo la puerta, en sus escritorio, cuando pasó de la emoción de esas primeras palabras, el vacío y la excitación de su ser a simplemente cada nota un papel con más palabras. 

Había olvidado como muchas otras cosas, en qué momento el estremecimiento de las primeras palabras pasó a ser insignificante y en qué momento se habían convertido nuevamente en una necesidad, en un deseo nocivo amparado por su soledad. 

Ahora en medio de miles de cartas cada palabra procuraba un significado, guardaba un olor, contenía una lágrima, ocultaba una sonrisa o escondía un remordimiento, así pasaba su infinita soledad sin saber sí esas palabras pertenecían a una historia ya vivida, sí había sido quien las inspiró, sí las escribió para alguien que dejó de recibirlas, hasta que entendió que esas palabras eran las que traía el viento. 

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