27 abr. 2011

Él la amó hasta el día en que se marchó.

Recuerdo la última vez que vi tus ojos.

-¡Dariela!- Gritaba para que pudieras escucharme desde el segundo piso.

Tú y tus melenas alborotadas por encima de tus hombros, de tantos colores ya no sé cuál es el natural.

-Uno, dos, tres, cuatro... ¿Cuántos panes piensas llevar?-
-Los necesarios para no morir de hambre.
-No mueres de hambre tú, pero sí media población del país.
-Jajaja.. ¡No inventes! Son poquitos. ¡No me guardes comida!- Así se fue tu voz y la puerta que tiraste para cerrar.

Aquella noche no dormí, pensándote; no dormí, llorándote; no dormí, odiándote y odiando cada palabra que no dijiste al marcharte, cada sentido que perdiste, porque los perdiste todos estando viva, incluso también cuando moriste. Y es que los panes sirven para los locos después de haber sido arrollada por un auto y la llamada que recibí sirvió solo para que dijera que no cerraran tus ojos hasta yo llegar.

Y así los vi, por última vez, confirmando el brillo que ya no está por falta de tu espíritu, y el color de tu cabello parecía igual al pavimento.

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