1 nov 2012
Cuéntame un Cuento
11 oct 2012
Calor
Transcurría el año...
Bueno, lo cierto es que no recuerdo el año, pero en esos días hacía mucho calor. La ropa se adhería fácilmente a la piel y las personas deambulaban sin sentido por los empedrados, haciéndose uno con el sopor de la tarde, buscando una sombra, un cariño, una excusa.
Ella se mojaba entre los pechos, empapaba su soledad, que le ardía más que el sol de la tarde. Él la veía desde una posición alta, con el peligro de quemar la retina de sus ojos tanto por el radiante espectáculo de la tarde, como del astro vengativo que parecía resistirse a su ocaso.
Lo era, una mujer bella, una contra medida para el bochorno vespertino que amenazaba con cocinar su interior.
Se acomodó la ropa holgada por la constante perdida de líquidos, hacía meses que no sudaba, y por el contrario le parecía que su piel excretaba un polvo salobre, el cual le daba el aspecto de estar siempre sucio.
No le importó, se acomodó el sombrero lo mejor que pudo y abrochó el último botón de su camisa, si no estuviera tan acostumbrado al calor, eso habría sido una locura. Aunque todas las personas que lo observaron durante el trayecto hasta la pequeña plaza en que estaba la mujer.
...
Amparo se sintió rara, por un momento un viento frío se elevó por su espina. Observó a su alrededor, pero solo vio casas en ruinas, entablados sostenidos solo por el capricho, desprovistos de clavos, madera achilada, raída, de otros tiempos e instantes.
7 jul 2011
Todo terminó siendo una historia.
Una historia, todo terminó siendo una historia, eso era lo que repetía mientras sus cosas caían por la ventana del piso 14.
No sabía porqué estaba allí viendo como lo que podrían ser dolorosos recuerdos se estrellaban sobre el pavimento y pasaban a demostrar lo que siempre habían sido, basura.
En medio de ropa, pedazos de losa y unas monedas encontró su dignidad, tomo lápiz y papel, quería decir tantas cosas que después de un par de minutos sólo tenía un par de tachones y pedazos de papel, así que prefirió aclarar su mente y dirigirse lentamente al piso 14, al llegar encontró la puerta abierta y una nota con su letra que le recordó porque estaba allí tan tranquilo, -el mundo será un lugar mejor si no estoy en él - leyó una vez mas antes de cerrar los ojos y arrojarse nuevamente desde la ventana del piso 14.
Ver en cuentos para antes de dormir.
4 sept 2009
Coffee and Sex, the perfect mix.
-Two coffee cups with a delicious taste and a excellent session sex at the morning (Who said that stars can only touch at night?). So, tell me, what more can i do for you?
-Today? Nothing, thanks, you are very complacent and i´m grateful for that. now you gotta go to work, come on hurry up.
While Sack was getting ready to leave, Susan thought about the speech of his husband. She was agree about coffee, but about sex, not really.
When Susan was alone, she called a old friend from the college. His name was Gianlucca, yes, you´re right, he was italian. If you did this deduction, you can rest assured you surprised me. You are very clever.
Well, we must come back to the story.
She told him about her marital issues, so, he asked her to get out to enjoy a coffee.
And she answered with a rotund NO. And she add - I need another thing, actually, I´ve gotten enough coffee for today.
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Escucharon y Hablaron
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Temas: Alejandro Serafín, Amor, café, coffee, cuento, infidelidad, infidelity, inglés, regreso, sexo
2 may 2008
Don Medardo Vargas (Las Historias del Abuelo)
Don Medardo Vargas era el dueño de la única farmacia del pueblo. Hombre correcto, serio y recto, tanto que rayaba en la rigidez. Respetado por todos e incluso temido por su fuerte carácter.
Un buen día, o un mal día según por donde se mire, don Medardo recibió una llamada telefónica a su negocio.
-Buenas don Medardo, ¿cómo le va?
-Buenas joven, cuénteme, ¿en que puedo ayudarlo?.
-Don Medardo, ¿tiene cánulas rectales?
-Si señor si tengo. ¿De que tamaño necesita?
-¿Cual es la más grande que tiene?
-La doble cero.
-Métasela por el culo.
Y colgaron.
A don Medardo le recorrió un chorro de agua helada desde los brazos hasta la cabeza y luego empezó a bajar por su espalda hasta llegar a sus piernas. Se quedó un rato con auricular aun en la oreja y luego, lentamente lo dejó caer. Y mientras caía don Medardo abría la gaveta del escritorio y sacaba su revolver, un Webley Mark IV que limpiaba todos los días, por si acaso. Y mientras abría la gaveta el frío que lo invadía se fue transformando lentamente en calor. Un calor tan intenso que lo quemaba por dentro.
Y don Medardo salió a la calle con el revolver en la mano y gritó: Voy a matar a ese hijueputa!
-- * --
Don Merdado había salido directo para Telecom a exigir que le dijeran quien había sido el chistoso que había llamado a burlarse de él. Telecom estaba al otro lado de la plaza. Don Medardo iba gritando por todo el camino que iba a matar a ese hijueputa, y por esto en la puerta de Telecom ya se arremolinaba gran cantidad de curiosos mirando como don Medardo agitaba el revolver en el aire y le gritaba a Amelia, la telefonista, que le dijera quien lo había llamado si no quería que la matara a ella también.-No señor, no puedo decirle de donde vino la llamada.
-Dígame Amelia porque voy a matar a ese hijueputa.
-No puedo don Medardo, necesito una orden del alcalde. No ve que eso es información confidencial?
A los pocos minutos llegó el alcalde.
Afuera la gente comentaba. Inventaba y sacaba conclusiones. Nunca habían visto a don Medardo tan alterado y hay que ver que él se alteraba con suma facilidad. Como aquella vez que descubrió al hijo de Ismael Serrano emborrachándose con jarabe para la tos y fue a su casa a insultar a Ismael por la “mala educación y mal ejemplo que le estaban dando al chino”. Ismael Serrano acabó pidiéndole disculpas y prometiéndole que iba a estar mas pendiente de Samuel y que iba a dejar de tomar en la casa.-¿Qué es lo que pasa aquí Medardo? Cuál es el escándalo?
-No me joda Orlando. No me joda porque soy capaz de faltarle el respeto.
-Pero cálmese Medardo y guarde ese revolver que va a lastimar a alguien.
-Es que ese hijueputa Orlando... ese hijueputa me dijo que me la metiera por el culo... lo voy a matar.
-¿Cuál hijueputa? ¿De que habla? Venga, venga, siéntese y hablemos.
Pero esta vez era diferente. Algo grave seguramente había ocurrido porque ni el alcalde parecía tener los argumentos suficientes para calmar a don Medardo. Por eso cada vez llegaban más y más curiosos.
-No Medardo. Yo no puedo dar esa autorización porque usted es capaz de hacer una locura.
-Pero es que ese hijueputa Orlando... ese hijueputa...
-Tranquilo. Venga, vamos a la alcaldía y nos tomamos un trago y se calma un poco.
Y se lo llevó. Y a punta de Ginebra y buenos consejos logró calmar a don Medardo después de casi dos horas de charla. Esa noche don Medardo regresó a su casa. Organizó las cuentas del día y decidió tomar el percance como una llamada de un desocupado. Como una broma de un idiota que no tenía nada mejor que hacer. Cuando se disponía a cerrar la puerta que comunica la casa con la farmacia volvió a sonar el teléfono.
-Don Medardo?
-Si, ¿a la orden?
-Don Medardo, me enteré de la broma de mal gusto que le hicieron. El colmo que haya gente tan desocupada.
-Imagínese. Ese hijueputa me dañó el día.
-No no no, es que se ha perdido el respeto.
-Completamente. Imagínese, llamarme para decirme que me meta una cánula por el culo.
-¿Y como a que hora fue eso?
-No se... hace como 3 horas.
-¿Y no cree que ya es hora de que se la saque?
Y colgaron.
* FIN*
13 ene 2008
La Máquina de Hacer Sangre
5 dic 2007
Sin Título
Sentada en estado desesperación, sexy y delgada, con blusa azul sin lavar, sandalias color dorado al borde de la cama, cabello sin cepillar, ondulado de tanto halar contra su nuca, frente con marcas de acné y sin ser levantada, nariz con manchas de sangre, senos caídos por la violencia de la soledad, piernas sin tres días de depilación, desnuda y sin amante que la abrace se estira lentamente sobre un juego de sábanas grises que han servido como altar en un cortejo de cabras y bueyes.
Cualquier octubre sirve de ocasión para cualquier transeúnte que al dejarse tentar por una tarde de café con amigos se desvive por hablar en ocasiones más allá de lo que la conciencia le reprocha, sirve para caminar en centros comerciales y antojarse en las vitrinas de los centavos que visten y muelen a los maniquís, yeso molido o yeso moldeado sirve para lo mismo, para colgar ropa en vitrinas. Con su maletín, después de comer y beber se dispone a caminar tras rejas de decepción, se concentra en esquinas, se acomoda en bancas, se pavonea en almacenes de ropa, se expone ante la indignación ajena con su glorioso atuendo, le suda cada axila al ritmo de la respiración, se le brota la quijada de aquel néctar lleno de grasa consecuencia de una mala alimentación, se entrega en pasillos sin virar a un lado o a otro para sumergirse en esas soledades que su dinero y su simbólica presencia le permiten. Un vigilante de seguridad, sujeto de corbata y camisa del mismo color pero con tonalidades diferentes revisa los pasos del caballero aquel, le saluda con la amabilidad del vecindario, le brinda un espacio en la fila de sustitutos y le propone tomar la caja rápida.
Lento, lleno de sudor y con un brillante reloj rodeado de bellos en la muñeca entrega el maletín al joven cajero del Banco, sí, del banco. Revisa el conteo de billetes y sonríe con un placer propio de jóvenes y criminales, se desvive por llegar a la cita pactada, inclusive insiste al joven cajero apurar su conteo y su respectivo ritual de aprobación, como siempre, una papeleta llena de sellos y firmas da constancia de un negocia aprobado, le permite dar paz al transeúnte sexy y barrigón, quién apresurando el paso retorna a su nostálgica travesía, allí, donde la nostalgia alquila un techo para hacer de la suyas lo esperan dos morenos, uno mueco, uno flaco de estatura promedio, una rubia de senos copa D y un pequeño aprendiz de marihuanero, todos juntos haciendo oda al crimen organizado, a esas familias que sólo viven para matarse entre ellas, con ansiedad y bravura le esperan.
Cae el sol con la misma depresión con que la blusa azul fue sometida al sudor de un cuerpo mal elaborado, mal administrado y dejado en condiciones llenas de cerveza y tabaco, nuestro caminante hace presencia en una casa de dos pisos, vieja, fea y en mal estado, ansioso por encontrar a sus jueces entra desesperado para dar constancia de que el pago se ha efectuado de manera provechosa y ausente de sospecha, lastimosamente y para su débil estado de gracia sólo encuentra, en la habitación, al fondo, sin ropa, con uñas postizas, las sandalias al lado de la puerta del baño, la blusa bajo el borde de la cama, dos copas aguardienteras en el suelo, un cenicero lleno de colillas, un cabello maltratado y con rasgos de sangre, una mujer no mayor a los dieciocho marzos de existencia, con el tabique señalando al occidente, con la mirada buscando la paz eterna y el pulso sanguíneo estancado en un hematoma propio de un artista, creado para dejar huella y manchar conciencias.
Sexy y barrigón, arrodillado y con el rostro frente a frente con el suelo, con la quijada temblando y las rodillas vibrando de odio y dolor. Había olvidado que la Ausencia del tiempo era más peligrosa que la presencia de billetes y esperanzas, el pacto se había cerrado trece minutos atrás con la muerte de su pequeña hija, los captores, al no recibir noticias del pago sugerido y viendo la tardanza del barrigón transeúnte dejaron en el filo de la muerte la decisión de cerrar toda posibilidad de canje y esperanza.
Sólo aquellos que sufren la ausencia del tiempo en esos pasos que de transeúntes vuelven sedentarios, comprenden el valor de la ausencia y sus excesos, excesos que siempre son sinónimo de dolor y sufrimiento.
FIN.
30 nov 2007
(Mega Historia Conjunta)
Ricardo Villafuerte, delgado como sus mismas noches de billar y sexo, de estatura media, lo suficiente para confrontar aquellas manos de billar en el atardecer universitario, era afanado por sus contendores en cada turno, con la paciencia del agua vigilaba su taco y lo rozaba con la bola blanca, su mirada se unía casi con el verde de la mesa, se asemejaba a sus ojeras que ya entraban en el conteo de siete noches sin desaparecer, a su lado, Julieta, una joven de familia conservadora le acompañaba, su presencia no veneraba el gusto por el billar ni mucho menos su afición por los hombres, era una apuesta perdida y debía pagarla acompañando a su compañero de clase aquel jueves de octubre, abajo en el primer piso, Carmela dialogaba con un precoz visitante, ojos marrones, pantalones cortos de jean gris y camisa manga corta de color blanco, su mirada de incrédulo delataba su edad, lo aproximaba a los trece años, las canicas en sus bolsillos y sus medias alzadas hasta las rodillas lo invitaban a salir del bar si por la voluntad de doña Carmela fuese, sin embargo, al fondo, con su bastón de guayabo y su mirada de marinero, don Antonio le insinuaba que lo dejase quedar, ella sin embargo acompañó al menor a la salida mientras que éste con su deseo de conocer el mundo de los mayores alcanzaba a ver en el segundo piso al par de muchachos tomar cerveza y gritar alrededor de la mesa de billar, se trataba de Ricardo, acababa de meter dos bolas en la mesa para odio de sus contendores, hombres mayores y sin oficio, sólo clientes y amantes de doña Carmela, nada más que eso.
Julieta bajaba las gradas para servirse de otra cerveza, asustada por el exceso de testosterona se refugiaba en la barra del establecimiento donde una señorita que ya se vestía de veinte febreros le destapaba la botella de la cerveza que apenas dos minutos había encomendado, al lado de la barra y en su mesa de siempre don Antonio hablaba solo pero con entusiasmo, narraba sus experiencias en las fuerzas militares y de cómo una tiro en la pierna lo hizo renunciar al oficio militar.
- No es más que un niño perdido, seguramente anda buscando a sus hermanos pero no lo creo, además no es momento de andar cuidando bebés, ya bastante tuve con criar este bar de mierda, la idea de convertirlo billar fue buena, no sé en qué estaba pensando cuando apoyé la idea de volverlo café, ni los intelectuales pagaban el café. Malditos poetas de barrio, en vez de andar pavoneándose con ese tema del comunismo deberían trabajar para tener si quiera tres miserables billetes, ¡sólo tres billetes!, no le pido más a la vida, sólo que paguen. Por lo menos el billar da para comer y vivir en paz -
- No me dejes con la incertidumbre mujer, ese niño tenía algo especial, lo vi, lo vi –
- Tú lo que viste fue a un perdido, hace mucho que no te bañas, ni siquiera para dormir, deberías bañarte si quiera para el día que la muerte te llegue enterrarte limpio y dignamente –
- ¿Acaso ya quieres que me muera mujer? –
- No don Antonio, sólo quiero que te bañes de una puta vez –
Julieta subía las gradas con un par de botellas en cada mano mientras pensaba en la apuesta perdida, el hecho de darse cuenta que su amiga Enrica no era virgen le demandaba no solamente una apuesta perdida sino, una amiga perdida, la moral de su hogar no le permitía hablar de sexo, y la moral de sus amigos no le permitía hablar del hogar, por eso Enrica no había sido invitada a esa tarde de cerveza, música y billar.
Ricardo le recibió las cervezas a Julieta y susurrándole al oído un gracias le dejó por sorpresa, se sentó en la mesa cerca de la mesa de billar para ver a su hermano perder en el juego, él ya había ganado sólo quería tomarse sus cervezas y conversar con Julieta, pues el hecho de ganar una apuesta le obligaba a gozar el momento, su mirada a pesar de estar en conexión con la conversación de Julieta iniciaba se desvivía por conocer a la mulata que atendía en la barra, sabía que tenía veinte años porque alguna vez la escuchó hablar con don Antonio, pero era precisamente don Antonio el que le inspiraba miedo y timidez, el que no le permitía acercarse a la barra a conversar con la mulata a menos que fuese para pedir una cerveza o unos cigarrillos, en las mesas atendía doña Carmela razón por la cual era difícil hablar con la adolescente que sacaba las botellas del refrigerador.
Eran las seis treinta y el sol se había fugado ya hace más de media hora, los jugadores de la mesa se retiraban para sentarse en sus respectivas mesas y hablar de todo y nada a la vez, sólo quedaba el hermano de Ricardo y otro joven acomodando las bolas para iniciar otra partida de billar, Julieta que esperaba el momento de irse a casa no lograba captar la atención de Ricardo. Don Antonio seguía discutiendo con Carmela sobre su negocio y ella, en la barra veía el agua que comenzaba a caer a la entrada de “Billares Lima”, justo en ese momento comenzaba a llover y la música no paraba de sonar.
Continuará...
10 oct 2007
Muerto por Tí
Ese día Roxana iba al trabajo, algo cabizbaja y anormalmente meditabunda.
La reflexión y la angustia no eran comunes en Roxana, quien no tenía por costumbre preocuparse demasiado. Se trataba de una chica más bien impulsiva, algo ingenua, y bastante egocéntrica.
El problema era que hacía ya un tiempo que estaba sola, habiendo decidido dejar a Pablo seis meses atrás. Y, ciertamente, la soledad estaba comenzando a molestarle.
Había tenido ya tiempo de darse cuenta que nada interesante se encontraba en los bares o discotecas… Solo chicos inmaduros, interesados en el s-e-x-o por encima de todo, o viejos deprimidos en busca de una segunda juventud…
Que una chica como ella estuviera sola era un verdadero desperdicio, se decía mientras observaba el paso de sus bonitos pies calzados en sandalias rosas.
Así que decidió, súbitamente, que ya había tenido suficiente de esperar a que el destino se dignara a traerle un nuevo amor. No, no, no, ella era una chica práctica…y haría que las cosas sucedieran a su manera. Resuelta a forzar la suerte, trazó un plan detallado, que comenzaría a preparar esa misma noche.
Esa noche, entonces, Roxana subió al altillo y desempolvó sus viejos libros de magia, que había comprado cuando era adolescente y exploraba inconscientemente con sus amigas los caminos de lo sobrenatural.
En uno de ellos encontró un hechizo bastante simple:
“Atraer el amor a través de una antigua pasión”. El hechizo explicaba que el afecto sincero de un antiguo amante podía canalizar esta energía hacia el universo y atraer un nuevo compañero que sintiese una pasión similar hacia uno.
“Lo viejo guía a lo nuevo por los mismo caminos” decía el libro.
Solo necesitaba un poco de la energía de su antigua pareja, hervirla junto con otros ingredientes en una noche de luna nueva, y verter esta mezcla sobre un amuleto previamente escogido, y que se usaría alrededor del cuello.
Esperando ansiosa la próxima luna nueva, Roxana fue preparando uno a uno los ingredientes. Eligió como amuleto una piedra blanca que le gustaba, y que hizo engarzar. Y recuperó de una caja guardada al fondo de un armario una vieja remera que Pablo había olvidado, y que ella guardaba porque sí.
El día D, a la hora H, Roxana siguió atentamente las instrucciones:
“Un leve “puf” seguido de un humo rosado señalara el éxito de su encantamiento” decía el libro. Roxana sonrió extasiada al ver el “puf” rosado… que extrañamente viró en seguida al rojo y luego al negro. El libro no decía nada acerca de cambio de colores en el humo… “Seguro que no es nada”, pensó, y vertió un poco de la mezcla en un jarrito, en el que dejó reposar toda la noche la piedra blanca.
El primer mes no pasó nada. El segundo tampoco. El tercero Roxana estaba ya perdiendo paciencia y estaba por tirar a la basura ese libro de porquería, cuando finalmente un chico de su trabajo que le gustaba se animó a hablarle y a invitarla a salir.
Empezaron a verse y Roxana estaba feliz. Su nuevo compañero, Tomás, parecía quererla como Pablo la había querido. Algunas formas de mirarla y ciertas frases que le decía le recordaban la pasión de su antiguo amante.
Tres meses transcurrieron así en un despreocupado e intenso idilio.
El cuello de Roxana estaba siempre adornado por la piedra blanca, que ella no se quitaba ni aún cuando hacían el amor.
Tomás y Roxana estaban por cumplir tres meses de noviazgo, sin mayores contratiempos. Sería el 24.
La mañana del día 23 Roxana estaba pensando que comprarle a Tomás, cuando la sorprendió una llamada en su celular: Tomás estaba en el hospital.
Tres penosos días después, Tomás fallecía a causa de un accidente eléctrico en su trabajo… dejando a Roxana sola de nuevo, y mas triste que nunca.
Sin embargo y por suerte, el dolor fue menos intenso de lo que se podía esperar. Tal vez ella no había tenido tiempo de enamorarse profundamente…
Quizás por nostalgia, quizás por costumbre, Roxana seguía usando la piedra blanca.
Tres meses pasaron lentamente...
Roxana conoció a Esteban en la fiesta de una amiga, poco antes del tercer “mes-aniversario” de la muerte de Pablo. Comenzaron entonces una bonita relación, que duró también tres meses… luego de los cuales Esteban murió en un accidente automovilístico.
La conjunción de fechas y accidentes asustaron a Roxana, quien estaba de todas maneras decidida a no ver ninguna conexión especial en los hechos…
…hasta que Carlos Javier, a quien había conocido tres meses después de la muerte de Esteban, falleció también, esta vez de un disparo en la cabeza durante un asalto en un supermercado.… Esto acontecía justo antes de cumplirse los tres meses de noviazgo.
Ahora sí que Roxana comenzó a preocuparse en serio. Ya no había lugar para las coincidencias. Algo extraño y horrible sucedía.
Resistiéndose todavía a admitir su culpa en el asunto, Roxana decidió de todas maneras verificar el hechizo.
“Al renovar la energía de una antigua pasión, ciertos elementos de ésta pueden repetirse en la nueva” decía. “Ciertos elementos…” ¿La muerte entonces podría…?
Pero Pablo no había fallecido… ¿verdad? Es cierto que ella no había vuelto a tener noticias suyas, pero tampoco esperaba tenerlas…
Con la idea de despejar sus dudas de una vez por todas, Roxana se decidió a llamar a casa de Pablo. Le atendió su antiguo compañero de departamento…
- Ah si, Roxana, me acuerdo de vos… Que triste lo de Pablo ¿no? Aunque no me acuerdo de haberte visto en el entierro…
- ….
- ¿Vos sabías que falleció, no?
Algo desorientado por la sorpresa de la chica, el compañero le informó que Pablo había muerto el 23 de Noviembre… exactamente tres meses después de que Roxana rompiera con él… y exactamente tres meses antes de que ella hiciera el embrujo.
Si Roxana no hubiera estado tan ensimismada con sus propios deseos, o si se hubiera tomado el tiempo de terminar de leer el libro, se hubiera enterado de que, por sobre todas las cosas, la muerte es el elemento más fuerte que existe, tanto en este plano como en el otro, y su participación en un hechizo vuelve impredecibles los efectos de éste. Esto sumado al hecho de que el número tres es uno de los más poderosos…
Al parecer, la muerte de Pablo, ocurrida tres meses antes de la consumación del hechizo, causó que esta “fecha limite” se repitiera con cada nuevo amante… así, cada uno de ellos debe morir tres meses antes de la activación de la piedra, lo que deja entonces tres meses de relación, y luego tres meses en los que la piedra espera ser reactivada, al cabo de los cuales ésta atrae un nuevo amante, que tendrá otros tres meses antes de partir… Complicado, y perverso… pero así era.
Decididamente, ¡esto no era para nada el plan que Roxana tenía al conjurar el hechizo!
Mas tarde, al consultar otro libro más oscuro, Roxana encontró varias indicaciones interesantes en un capítulo que trata de la muerte.
“Solo la atadura irrevocable de la muerte a un sujeto de mayor poder en la invocación puede contrarrestar los efectos nefastos de este elemento en un conjuro.”
“La única atadura posible y suficientemente fuerte consiste en el sacrificio mortal y voluntario del sujeto mencionado”
“En todos los casos, el sujeto mas potente a ojos del hechizo será siempre el brujo que ha realizado el conjuro mismo”
Roxana cerró el libro de un golpe furioso y lo dejó sobre el escritorio.
“Un sacrificio mortal… ¡¿Mi sacrificio?!” pensaba.
El espejo que estaba encima del mueble atrajo su mirada. Se acomodó el pelo detrás de la oreja, y contempló su imagen. Observó su cabello suave y ondeado, sus ojos claros, so boca dulce… una sonrisa socarrona se formó lentamente…
“Nadie tiene porque saberlo, no?”
Es que Roxana no tenía por costumbre preocuparse o reflexionar demasiado. Se trataba de una chica más bien impulsiva, algo ingenua, y bastante egocéntrica…
17 sept 2007
"Hola Señorita"
Sabe una cosa Niño Bonito…. ?


13 jun 2007
Las Hadas Compañeras...
Como todas las tardes desde que aquella niña le regaló el libro, Laura se encontraba sentada a la orilla del rio mirando las imágenes que adornaban sus páginas cuando las hadas compañeras decidieron hablarle.
Laura era una niña muy infeliz.
Todos sus días eran exactamente iguales.
Desayunaba, si a eso se le podía llamar desayuno, al salir el sol una hogaza de pan duro como la roca y debía salir de inmediato a pedir limosna en las calles del centro; no sin antes recibir sendos golpes de su padre mientras le advertía que hoy debía traer mas dinero que la noche anterior. Pasaba las mañanas vagando de aquí para allá huyendo de los gendarmes que la perseguían acusándola de ladrona cuando su verdadera intención era violarla en algún callejón oscuro; evitando ser arrollada por los carruajes ocupados por algún noble que quería salir rápidamente de esas callejuelas sucias y malolientes; mendigando un pedazo de fruta podrida en los puestos del mercado y poniendo su mejor, o peor, cara cuando recordaba que su padre la golpearía nuevamente al regresar a casa si no llevaba suficiente dinero.
Al entrar la tarde se iba al cruce de caminos a la entrada de la ciudad para intentar, junto con otras cuantas docenas de niños, conmover a los comerciantes que volvían del pueblo vecino con sus bolsas llenas de piezas de oro para que les arrojaran algo de dinero o al menos un poco de comida.
Por las noches regresaba a casa para entregar el dinero del día a su padre que, después de haber golpeado a su madre, se ensañaba contra la pobre Laura, tildándola de inútil y de haber robado mas de la mitad del dinero que le habían dado en el día.
Todos sus días eran exactamente iguales.
Pero su rutina había cambiado ligeramente desde aquel día en que de uno de los carruajes de los comerciantes una mano de una niña de su misma edad, pero mucho más afortunada que ella, le arrojó un libro repleto de imágenes.
Desde ese día Laura sacaba algo más de una hora todas las tardes para irse a la orilla del río y se tendía boca abajo en el pasto a pasar las paginas del libro y a mirar las imágenes que lo adornaban y a intentar armar una historia coherente basándose en ellas.
Todas sus tardes eran exactamente iguales.
Mientras miraba las imágenes del libro deseaba que algo de eso le ocurriera a su padre para que así dejara de golpearla.
Deseaba que el ángel de la espada de fuego lo cortara en dos.
Deseaba que el viejo del cuchillo lo apuñalara sobre aquella roca.
Deseaba que el mar se lo tragara como se tragaba esos carros y esos caballos.
Deseaba que se convirtiera en un bloque de sal como aquella mujer.
Deseaba que lo clavaran a una cruz como a aquel hombre de barbas.
Odiaba tanto a su padre.
Si, todas sus tardes eran exactamente iguales... hasta que las hadas compañeras decidieron hablarle.
Eran dos. Pequeñas y brillantes. Con sedosas y largas cabelleras. Olían a vainilla y sus alas producían un casi imperceptible zumbido. Y le hablaron. Le hablaron y la escucharon. Se condolieron de ella y decidieron hablarle para aconsejarla.
Escucharon sus penas, sus quejas y sus pesares. Escucharon sus odios y sus ideas. Miraron con ella las imágenes de aquel libro. La escucharon y le hablaron y la aconsejaron. Y con su pureza le hablaron al oido e intentaron sacar el odio de su corazon. Le explicaron que mas que odio su padre necesitaba ayuda. Ayuda y comprensión. Que él nunca había tenido amor y por eso no sabía como darlo. La aconsejaron y la hicieron entender que en el fondo su padre no tenía la culpa de su maltrato. Que la trataba así porque no sabía como más hacerlo. Que a él siempre lo habían tratado así.
Las hadas compañeras fueron de gran ayuda para Laura. Desde que hablaba con ellas odiaba menos a su padre e increíblemente este parecía odiarla menos a ella. El cambio de actitud de la niña generó un cambio de actitud en el padre. Si. Las hadas compañeras habían ayudado mucho a Laura. Ya no sentía odio por su padre. Había aprendido a aceptarlo tal y como era. Había gente que no sabía actuar de otra forma sino así.
Por eso Laura no sintió el más mínimo remordimiento cuando cerro de golpe el pesado libro aplastando así a sus dos hadas compañeras. No sintió remordimiento porque ella era así. Era hija de su padre. Y también llevaba la maldad en la sangre.
