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21 jun 2007

Intercambio

Se sentó como todas las mañanas frente al espejo grande de su cuarto. Ese día algo había diferente en el ambiente, lo presentía y ella creía fielmente en sus percepciones. Acomodó la banquita de madera recubierta con terciopelo rojo y comenzó a cepillar su largo cabello negro; hacía tres años no lo cortaba. Mucha gente criticaba el hecho de que se lo dejara tan largo, era de mal gusto y le daba un aspecto desaliñado en algunas ocasiones. A ella le encantaba mantenerlo suelto, era tan liso que le llegaba hasta las nalgas y por las noches, cuando se acostaba en su cama, se envolvía en el para no sentir frío.


Le gustaba sentarse una hora todos los días frente aquel espejo y cepillarlo, una y otra y otra vez, hasta que llegara al punto en donde ella creía que lucía perfecto. Mientras lo cepillaba, mantenía la mirada firme en el espejo, esperando que algo sucediera, esperando que el cielo le consediera su mas ferviente deseo.

Así, esa mañana, en una de sus eternas sesiones frente a aquel objeto que conocía sus más profundos pesares, notó algo diferente, algo que la pertubó por un momento pero que le dió la paz que tanto anhelaba. Su reflejo en el espejo le sonrió. Quedó atónita por unos segundos, pero no tardó en devolverle el saludo con la misma sonrisa. Se levantó y dejo a un lado su cepillo sin haber terminado de arreglarse el cabello negro azabache y se acercó lentamente hacia el reflejo que la miraba mientras la imagen en el espejo se alejaba a su paso.
Ella extendió su mano pálida y rozó con la yema de sus dedos la supeficie del espejo. La chica del reflejo se dió vuelta algo asustada y se llevó las manos a la cabeza, era obvio que aquella niña tampoco sabía lo que sucedía y en un abrir y cerrar de ojos todo cambió.

La chica en el espejo soltó una carcajada y su miedo se desvaneció. Cuando vio que ella estaba lo suficientemente cerca, sacó sus manos a través del espejo como si lo único que separara una habitación de la otra fuera un simple marco de madera, y la empujó hacia el interior del mismo. Era imposible que fuera su reflejo, tenía mucho más fuerza que ella y su mirada estaba llena de odio y resentemiento.

El cambio sucedio en cuestión de segundos: Ella había quedado en el interior del espejo, atrapada; jamás comprendío por qué no podía salir como su reflejo lo había hecho. La chica del reflejo, en cuanto comprendió que se quedaría para siempre en el mundo mortal, tomó unas tijeras que estaban escondidas en un cajón y sin pensarlo, comenzó a cortar su cabellera a la altura de sus hombros. Cuando terminó, se dió vuelta y sonrió. Corto le sentaba mejor.

Esa mañana ella sabía que algo pasaría. Lo que nunca imaginó fue que quedaría atrapada para siempre en aquel viejo espejo, convertida en el reflejo de alguien que siempre quiso ser.

8 jun 2007

CERCA DE TI.



El la contemplaba.. le gustaba mirarla, mientras terminaba de pintarse las uñas, tratando de no mancharse los dedos, haciendo piruetas para pintarse con la izquierda la mano derecha.

- “Me gusta ese color sangre en tus uñas”. Dijo El, mientras ella sonreía.


- "Lo se… Me he dado cuenta que te gusta, sobre todo cuando pongo mis manos pintadas de rojo sobre tu pecho, cierto?"



El se sonrió y siguió observándola, por dentro sentía que era un alivio tenerla ahí junto a el, verla dormir y abrazarla durante la noche… aunque ella no se diera cuenta de lo que sucedía, mientras dormía.

Tenía miedo de lo que estaba sintiendo, tenía miedo de enamorarse y de necesitarla cada vez más. Ella lo sabía, aunque trataba de disimular que había descubierto su miedo.

El, un hombre lleno de dulzura, que insistía en convencerla de no estar listo para ella. Ella, una mujer sencilla y perspicaz, que trataba de no hacerle demasiadas preguntas.

Mientras él seguía leyendo su periódico y la miraba, ella pensaba en lo bien que se sentía en ese lugar. Con la mano izquierda, medio temblorosa y torpe, cerraba el esmalte y soplaba sus uñas… las agitaba para secarlas. Recordaba que cuando lo vio por primera vez, nunca imaginó estar en sus brazos, nunca se cruzó por su mente estar allí con el. Y le dijo:


- "Si, definitivamente me gusta estar cerca de ti".

Le dijo ella, mirándolo a los ojos, contemplando el miedo en ellos, ese miedo que el callaba y que ella percibía, pero que prefería no poner en evidencia.

Lo acarició con sus manos recién pintadas de rojo sangre:


- "Me encanta dormir contigo, sentir tu abrazo y tu olor".
Mientras, lo halaba hacia la cama y le pedía que la consintiera hasta que se quedara dormida.

En la mañana, al despedirse, ella le dejaría en los labios la huella de su beso y el, la recordaría todo el día.

Ella, saldría de afán y miraría sus uñas pintadas de rojo sangre, repitiéndose para sus adentros:
"Me gusta estar cerca de él, aunque tenga miedo".