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14 sept 2007

Ella

La colilla chisporroteó y humeó al chocar contra el asfalto mojado. Pronto, la lluvia terminó por apagarla. La lluvia que ya había atravesado mi gabán, mi sombrero y el resto de mi ropa y que ya parecía estar llegando hasta los huesos.


Encendí otro cigarrillo. El último del paquete. Del segundo paquete que fumé mientras esperaba a que Ella saliera.

Todo había empezado unas semanas atrás. Fuera del negocio por algún tiempo – lo que tardó en sanar la pierna derecha, rota al caer de un segundo piso, empujado por un fugitivo imbécil que no creyó que mi arma estuviera cargada y se acercó más de la cuenta. Cuando mi pierna se rompió, él ya estaba tocando las puertas del infierno. Y yo ya había perdido la maldita recompensa.

Incluso un par de dias es demasiado tiempo para estar desconectado de las principales fuentes de información y de trabajo. Una sola llamada fallida implica que un contratista llamará a algún competidor. Así que esas vacaciones forzosas fueron toda una eternidad de estar sentado viendo estúpidas películas en vídeo, comiendo pizza y limpiando una y otra vez el arma hasta cuando casi la desgasté. Y cuando pude tirar al bote las muletas al menos tres grandes contratos estaban en manos de la competencia, y yo mismo tuve que ir hasta los sitios donde habitualmente se intercambia la información y se cierran los negocios de este tipo.

Fueron un par de noches de vagar por las calles, en medio de la lluvia, calado hasta los huesos y con cada vez menos dinero para comprar comida, whisky y cigarrillos. La comida me importa poco: la vida en las calles le enseña a uno que no es realmente indispensable. El whisky… bueno, que me tome cuatro o cinco botellas a la semana no quiere decir que sea ningún alcohólico, así que me puedo pasar sin él. Pero los cigarrillos son mi vida… la que se escapa en volutas azules es la misma que entró unos segundos antes en una gloriosa aspiración de humana podredumbre.

La tercera noche fui al Bar. Nombre insípido para un local insípido, pero donde ocasionalmente había logrado algún buen contrato. Hay que tener en cuenta que después de tres horas sin cigarrillos cualquier contrato es bueno.

Y había un contrato… cerrándose justo cuando entré. Suerte que el desafortunado competidor era Will Tramper, que se echó a temblar apenas crucé la puerta. Una vieja historia. Algún día Tramper me cobrará su deuda, pero esa noche salió corriendo como el cobarde que es. Así que tomé su lugar en la barra, pedí un whisky y acepté el cigarrillo que el confundido cliente me ofreció.

Diablos, el contrato era bueno. Seis cifras, y todo por localizar – ni siquiera fotografiar y mucho menos acercarme hasta la chica. Hasta Ella.

La primera vez que la vi fue en una fotografía en blanco y negro, granulada y desenfocada. No mucho para ver, en realidad, salvo un cuerpo maravilloso cubierto pero no oculto por cuero negro, a bordo de una enorme motocicleta en movimiento, una de esas que uno siempre ve conducidas por un enorme cerdo musculoso y barbado.

Eso y nada más.

Pero ya tenía por donde empezar: los motociclistas. Cada una de esas motos es especial, única e inconfundible, y algunos de los veteranos que se reunían a jugar billar en los bares de carretera podrían identificarla sin duda.

El negocio empezó con pie derecho y cinco cifras en mi bolsillo, que me permitieron ponerle carburante al viejo cacharro y viajar hasta uno de los bares favoritos de los pandilleros… y comprar cigarrillos para todo el resto de mi vida. Bueno, si no me los fumaba durante la noche.

Sólo tuve que abordar a cuatro cerdos musculosos y gastar tres billetes antes de que alguien identificara la moto: había pertenecido al jefe de una pandilla, una de las más grandes, pero el tipo había muerto en un accidente de tren y su chica se quedó con la máquina. El tipo no sabía nada de la chica, pero me dio toda la información sobre la pandilla y sobre el antiguo propietario del vehículo, así que tres noches después ya sabía su nombre y dirección, y el sitio donde trabajaba atendiendo la barra de un bar hasta la madrugada.

Así que allí estaba, fumándome el último cigarrillo y esperando a que Ella saliera por la puerta de servicio del bar. Y vigilando al otro, una simple sombra acurrucada en un alero a tres pisos por encima y unos diez metros por detrás de mi posición tras el poste de la energía.

Finalmente, la puerta se abrió y salió uno de los meseros. Luego el otro, riendo y despidiéndose de alguien que quedaba adentro.

Luego salió Ella.

Era la primera vez que la veía en persona – algunos de los informantes habían aportado nuevas fotografías, casi siempre sin darse cuenta – y de pronto me di cuenta de que no conocía su rostro. Las fotos siempre eran demasiado lejanas y demasiado oscuras. Todas eran nocturnas, de hecho.

Pero tenía que ser Ella. El impermeable estaba cerrado por una correa que rodeaba una cintura tan estrecha que sólo podía ser la suya, y el contoneo – o mejor, la sensual ondulación – al caminar era exactamente como yo había imaginado que debía ser.

El tipo en el alero empezó a moverse antes de que Ella cerrara la puerta. Yo ya tenía el arma amartillada antes de que sacara la llave de la cerradura.

Ella me vió al salir y se quedó como congelada, mirándome a los ojos. Lo único que sé es que no estaba asustada. De hecho, sonreía. Pero la sonrisa desapareció cuando el tipo que la vigilaba desde el alero cayó – o se materializó – justo entre Ella y yo.

Alcé el arma y grité al tipo para que estuviera quieto. Me miró y se abalanzó sobre mi. Y yo le vacié el tambor del revólver, pero no pareció sentirlo. Primero cayó sobre mi con todo su peso, luego se incorporó y me arrojó sobre un montón de basura. Sin tiempo para recargar, tomé lo primero que encontré: una botella, rota por el gollete. Cuando el tipo volvió a caer sobre mi para izarme y lanzarme, se la clavé en la garganta. El tipo hizo un ruido como de gato furioso, se llevó las manos a la garganta y yo tuve tiempo entonces de sacar la navaja, abrirla y enfundarla hasta la empuñadura exactamente en su corazón. Cuando se desplomó, me incorporé y busqué a la chica con la mirada. Estaba apoyada en el poste donde yo la había estado esperando. Caminé hacia ella, cojeando un poco – el frío y la pelea me habían lastiado la pierna.

“¿Por qué tardaste tanto?” fue su saludo.

“No me lo agradezca. Sólo hice lo que cualquier otro hubiera hecho.”

“No, muy pocos hubieran podido hacerlo.”

Nunca supe cómo me encontré abrazándola, pero en medio del beso que siguió no me importó mucho. Después de una deslumbrante ráfaga de gloria proveniente de sus labios, se alejó un paso.

“Es una lástima que no hayas podido hacer tu trabajo”

“Espera un minuto” le dije. “Claro que estoy haciendo mi trabajo.”

“Ya no es necesario.” Dijo ella, sonriendo con esa enigmática sonrisa suya, acercándose para darme un beso de despedida mientras ponía algo en mi bolsillo.

Un fajo de billetes. No conté, pero era mucho. Cuando volví a mirarla, ya no estaba. Se había esfumado.

La lluvia arreció. Busqué mi arma y de pasada me di cuenta de que el cuerpo del tipo no estaba. En su lugar había sólo un montón de cenizas que la lluvia dispersaba con rapidez.

Emprendí la caminata en medio de la lluvia atroz. Una caminata que no acabará. Pues sólo terminará cuando la encuentre.

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Nota del perpetrador.

1- Me importa un comino la coherencia.
2- Es autobiográfico.
3- No, no termina aún.

5 ago 2007

Sabor a Tí (II)

Ni el frío cortante de la noche ni la persistente llovizna helada eran capaces de disipar la sensación de urgencia, esa angustia que se había instalado en su corazón y en su garganta desde la noche anterior, desde cuando la dejó dormida, desnuda, bella y peligrosa, y feliz. Esa misma angustia que le hacía llevarse los dedos a la nariz para sentir el aroma de piel y cabello, que le recordaba esos maravillosos sabores íntimos – a boca, a lengua, a pezón, a éxtasis – que conocía tan bien, pero que hoy quería sentir otra vez antes de que fuera demasiado tarde. Hoy cumpliría su promesa: con ese pensamiento apretó con más fuerza el acelerador de la motocicleta. Tras tanto tiempo nunca la había visto tras el rostro que casi todos conocían, y era hora – era, de hecho, urgente – desvelar todos los misterios, llenar todos los vacíos. Decirle que la amaba. De nuevo esa angustia atenazante hizo sentir en su pecho y en su garganta inconfesables instrumentos de tortura, y de nuevo combatió la tortura a través del recuerdo. El recuerdo de un beso. La textura de unos labios. El sabor de una boca que amaba para siempre. Embebido en recuerdo y deseo cerró los ojos por un instante infinitesimal. Suficiente para que dos luces enceguecedoras, metal y asfalto acabaran con la angustia, con la urgencia y con todas las otras sensaciones. Excepto el sabor recordado de un beso final.

18 jul 2007

El que vigila desde los sueños

1.
Hace algunos años, la mayor preocupación en mi vida era el Diseño Precolombino, nada más que un requisito académico que quería dejar atrás. La estructura curricular de mi carrera sólo permitía tomar ciertas asignaturas en determinados períodos del año, pero mi tenaz insistencia convenció a la Universidad de la urgencia de cumplir con ese requisito concreto, asi que, dada la ausencia de docentes cualificados en el tema, terminé en el fondo de una oscura, fría y polvorienta bodega del Museo Arqueológico bocetando a lápiz y clasificando los hallazgos más recientes.

Durante los casi tres meses que duró mi trabajo pasaron por mis manos cerca de cincuenta piezas, la mayoría en cerámica, algunas en piedra, y una muy extraña. Se trataba de una figura tallada en piedra a partir de un paralelipípedo de cerca de quince centímetros de alto y con una base cuadrada con lados de siete centímetros. La Facultad de Geología fue incapaz de identificar el duro y traslúcido mineral negro sobre el que la figura estaba tallada.

Un par de semanas tras la llegada de la pieza al Museo, el primer intento de robo en más de veinte años de existencia de la pequeña pero significativa colección dio como resultado un par de vidrios rotos y una puerta de la bodega forzada. Pero los ladrones ignoraron por completo la colección de cerámica precolombina, e incluso pasaron por alto la vitrina con las piezas de oro, únicas que el Banco de la República permitía tener en custodia, siempre bajo su vigilante y estrecha supervisión.

La prensa local se limitó a decir que los ladrones no habían sustraído nada de valor. Sospeché que no se llevaron nada porque lo único que les interesaba tal vez estaba, ilegalmente, lo confieso, en mi poder. La pieza tallada en piedra negra reposaba en ese momento en mi propio estudio, mientras trataba de realizar una reproducción tridimensional de mi hallazgo favorito.

Una vez terminado el modelo, lo publiqué en cierta página web dedicada a hechos extraños. Un tal Profesor Daniel Thurston, en los Estados Unidos, me envió un correo bastante cortés preguntándome, con crasa curiosidad mezclada con sutil desconfianza, si se trataba de un objeto auténtico. Impresionado por los títulos con que acompañó su nombre en el correo electrónico, acepté enviarle las fotografías que usé para la elaboración del modelo digital.

Una vez cumplido el requisito académico y devuelta la estatuilla a su estante en la bodega, rompí cualquier relación posterior con el Museo y retomé el alegre y despreocupado ritmo de mi vida de estudiante.

Justo cuando el semestre estaba terminando, una noche en que me preparaba para salir a festejar precisamente ese magno hecho con el resto de la “pandilla”, recibí la contestación del Profesor Thurston, que reproduzco en español, en versión libre:

“Muy estimado amigo:

Con sinceridad espero que sus deberes académicos no le obliguen más a tener contacto con esa espantosa muestra de un horroroso pasado que la humanidad debería olvidar.

El por qué de la presencia de ese objeto repulsivo al lado de las encantadoras y hasta inocentes muestras del arte de los pobladores humanos originales de su bello país seguirá siendo un misterio, que ni usted ni nadie debería tratar de resolver. Muchos años de experiencia y la curiosa, por decir lo menos, historia de mi familia, me han enseñado que el Universo está lleno de preguntas cuya respuesta sólo puede acarrear muerte, locura, o un destino tan siniestro que no existen, en las lenguas de la humanidad, palabras para describirlo.

No pretendo, de ninguna manera, asustarle. Pero es mi deber advertirle que el contacto con ese objeto blasfemo es fuente de males sin nombre. Como el último integrante de una familia literalmente devastada por ese mismo mal, le suplico encarecidamente que suspenda todo interés por el objeto. Destruirlo sería, de hecho, lo mejor que se podría hacer con él, pero sospecho que eso esté lejos de sus capacidades, o de las de cualquier ser humano de nuestra época.

Sé perfectamente que mi sinceridad o mi cordura quedan bastante en entredicho por causa de este mensaje. Pero no me importa. Tengo un deber con la humanidad entera y por este medio hago lo posible por cumplirlo.

Para finalizar, debo agradecerle inmensamente. Su mensaje y las fotografías que lo acompañan han constituido para mí, aparte de inenarrable horror, un profundo alivio, al constituirse en pruebas irrefutables – al menos para mí – de que la trágica historia de mi familia, en algún momento etiquetada como la “terrorífica fantasía de un escritor demente de Nueva Inglaterra”, no es más que la pura verdad. Si mi tío Francis Wayland Thurston y el memorable Profesor Angell vivieran, seguramente unirían sus agradecimientos a los míos, por confirmar que todo el horror que llegó a causar sus muertes fue real y no el fruto de mentes calenturientas y enloquecidas.

Es irónico que deba agradecerle por todo el terror que sus mensajes han traido a la vida de este pobre anciano, pero al menos ahora tengo la certeza de mi propia cordura y de la cordura de mis ancestros. Ya no me importa la reputación de mi familia, pues sé que está limpia.

Suyo en la esperanza de que los Dioses Arquetípicos impidan el regreso del horror,

Daniel Thurston
Profesor Emérito
Facultad de Antropología
Universidad de Miskatonic”

Un par de días más tarde intenté responder al Profesor Thurston solicitándole y hasta exigiéndole más detalles, pero nunca respondió. Sólo meses después recibí una breve nota de una tal Doctora Virginia Whateley, de Arkham, Massachusetts, donde me anunciaba la muerte del Profesor Thurston tras una angustiosa dolencia nerviosa, y aclarando que se tomaba el trabajo de comunicarme la triste noticia sólo porque el Profesor había mencionado mi nombre varias veces durante su “delirio”.

2.
Años después volví a saber de la famosa pieza tallada en piedra negra. Una foto fugaz en un noticiero de TV anunció que figuraba dentro de un lote de piezas precolombinas capturado en Dinamarca justo antes de que fuera subastado. Estaba perfectamente descrita en un informe publicado por la Interpol:

“Junto con piezas precolombinas correspondientes a la cultura Muisca, se encontró también una estatuilla de procedencia desconocida, elaborada en ónice, de seis pulgadas de alto y dos coma siete pulgadas por dos coma siete pulgadas de base, que representa una criatura mitológica desconocida con cabeza de cefalópodo, alas de quiróptero y garras de felino. Dicha pieza no ha podido ser clasificada pero será procesada junto con el lote Muisca dado que las evidencias apuntan a una procedencia común.”

Las noticias también hablaban de un par de técnicos del Museo Arqueológico que habían renunciado dos años atrás, antes de que se descubriera la ausencia de una significativa parte de la colección. Uno de ellos estaba en España cuando fue capturado por la Interpol acusado de tráfico de patrimonio arqueológico. Murió misteriosamente antes de que fuera procesado.

3.
Sólo volví a visitar el museo mucho después, durante las tradicionales fiestas de la ciudad. En un rincón estaba mi vieja amiga. Sólo que ahora, exhibida sobre un pedestal de madera y con un rótulo al lado ofreciendo en cierto modo disculpas por no saber nada sobre ella e iluminada desde abajo por una luz halógena, me infundió un inexplicable pánico. Tal vez el mensaje del Profesor Thurston me hubiera afectado más de lo que me atrevía a reconocer. Quizá haya sido la visión de esos ojos horribles tallados en piedra negra, que creí ver brillar con un resplandor rojizo a medida que crecían en mi cerebro hasta alcanzar proporciones de locura. Entonces supe que el horrendo Ser representado por la figura sabía de mi existencia, me miraba desde una tumba submarina. Y me llamaba.

Los hombres de seguridad del Museo, junto con los paramédicos, debieron arrastrarme hasta la ambulancia en medio de una violenta crisis nerviosa.

4.
Imágenes de un pasado remoto se han metido de algún modo en mi cabeza. Imágenes de una precisión estremecedora que a duras penas puedo explicar por mis escasos conocimientos precolombinos, y en las que la estatuilla negra tiene un lugar prominente como centro de un ritual salvaje que cada noche termina en sangre y orgía. Cada noche la ceremonia es más violenta. Cada amanecer se alarga en el desesperado intento de no volver a dormir. Cada día se prolonga ad infinitum en la angustia que acompaña el ocaso y la proximidad de los sueños. Y cada mañana crece el horror de las pesadillas, cada vez más vívidas, y en las que, lejos de ser la víctima, soy oficiante de esos rituales inhumanos.

Hace poco hubo un nuevo intento de robo en el Museo. Aunque los medios de comunicación han reportado que los ladrones no se llevaron nada, yo sé lo que un hombre solitario extrajo del recinto.

Estuve a punto de perder el sentido al levantarme esa mañana. A diferencia de las noches anteriores, no había soñado con muerte y sacrificios ni con la salvaje danza alrededor del altar negro en un paraje desolado. Tenía un vago recuerdo de las calles de mi propia ciudad, de pasillos oscuros y puertas que se abrían con sigilo. Por supuesto, la estatuilla estaba presente en el sueño – siempre estaba presente – pero la ausencia de sangre representó un alivio para mí. Hasta cuando miré el escritorio.

Sentí que la estatuilla me observaba, así como en los sueños el Ser que la estatuilla representa me observa desde su tumba; sus ojos repulsivos buscan mi mente y la llenan de horror y sangre, sangre que gotea de la daga de forma inhumana que cada noche empuño para ofrecer nuevas víctimas a la imagen, que reposa en el altar de piedra mientras una enloquecida multidud salvaje y desnuda danza a su alrededor.

Busqué una caja y arrojé la estatuilla en ella, y la empujé bajo la cama mientras encontraba una manera de deshacerme del objeto. Tuve que viajar casi tres horas hasta un sitio donde, creí, podría deshacerme de esa “espantosa muestra de un horroroso pasado que la humanidad debería olvidar”. La arrojé al majestuoso río que, pausado, viaja hacia el norte, hacia el mar inmenso y lejano. La lancé con fuerza, con ira, y con fe en que ninguno de los pescadores volviera a sacarla del agua en su red, o que la corriente no la dejara varada en alguna playa en la que un ser humano la encontrara otra vez. En mi desesperación, deseé fervientemente que, de ser encontrada, todo el horror fuera sufrido por el desgraciado que efectuara el hallazgo, con tal de verme libre de las pesadillas.

Estaba tan cansado que esa noche me quedé en ese cálido y maloliente puerto pesquero, en un hotel de tres al cuarto del que sólo me interesaba que tuviera una cama disponible. Me fui a dormir con la esperanza de que las pesadillas se hubieran ido con la caja arrojada al río.

Iluso: soñé con la luz de la luna reflejada en la superficie de un río majestuoso y plácido, y con seres indescriptibles que con manos escamosas me entregaban una caja medio deshecha, y en una nueva ceremonia alrededor de un altar improvisado en la orilla de ese mismo río. Y, como siempre, era yo el oficiante; fui yo quien cortó, con un cuchillo de extraño diseño, el cuello de una muchacha morena, tal vez la hija de un humilde pescador. Fui yo quien tomó la inocente cabeza entre manos ensangrentadas y la arrojó al río entre salvajes aclamaciones de los demás danzantes, algunos de los cuales no eran humanos.

Desperté bañado en un sudor que nada tenía que ver con el calor pegajoso del amanecer en ese puerto, y sí con el terror de comprobar que la pesadilla en que se había convertido mi vida no iba a terminar nunca.

Me incorporé y me senté en el borde de la cama. Mi pie tocó un objeto metálico, frío, en el piso, que recogí sin mirarlo apenas para ponerlo sobre la mesita de noche. No tuve que buscar el interruptor de la luz para comprobar que se trataba de una daga de extraño diseño y cuya hoja aún tenía manchas de sangre.

Permanecí todo un día acurrucado en un rincón de la habitación, mirando la caja que estaba colocada en el rincón opuesto, al lado de la cama de hierro. Una caja de cartón medio deshecha por el agua, y que en la pesadilla me había sido entregada por manos inhumanas. Sabía lo que había en su interior, por supuesto. No tuve necesidad de abrirla para comprobar la mirada escalofriante de ese ser que en sueños me observa desde su tumba submarina, a mucha distancia de aquí.

También supe todo el tiempo que los gritos y lamentaciones de la gente que recorría las calles del pueblo se debían al hallazgo del cuerpo, decapitado, de una muchacha morena, tal vez la hija de un humilde pescador.

26 jun 2007

Atardecer

Noche. Pasos en la noche. Pasos en la noche, en medio de la lluvia. Y es una lluvia menuda, irritante, una lluvia hecha para caer sólo sobre la ciudad, para empapar asfalto. Es lluvia ácida, porque corroe la noche, incluso las luces y su reflejo sobre el pavimento cubierto por la fina y brillante película de agua. Hay quienes dicen que la lluvia es bella. Nunca la han visto cayendo sobre la nieve sucia, corrupta, que al final del invierno se alcanza a acumular entre la cuneta y el andén. No han tenido que caminar tratando de impedir que los alcance la medianoche al tiempo que el destino - el propio y en los propios pasos el de otros - se abalanza para cerrarse sobre uno como un cepo del que se sabe, está envenenado y el veneno es de ira. Una pincelada, una gota de pintura, una gota de sangre. Ira. Ira en el color negro y en la forma como la gota se destroza al caer sobre la superficie blanca y fría como la mirada de los verdugos que cada día miran, armas en mano, armas blancas, ligeras, delgadas, cubiertas de signos, páginas cubiertas de elogios que son un código secreto. Un mensaje. Una orden que empuja a pintar, pintar, pintar. La noche avanza y se acerca a su clímax y la pintura traza caminos, senderos de ira sobre la pintura. “Genio”, claman las letras impresas sobre papel barnizado. “Más”, se lee entre líneas. Más. Las líneas no son suficientes: la ira deja caminos de manchas que confluyen en la muerte. El camino que van trazando las pisadas sobre el asfalto mojado termina en el bar, ante la barra, en un mensaje sin remitente. Esta noche será distinto. Aún no hay nombre, rostro, o dirección para poner al crimen. El mensaje me urge a regresar a mi sitio y esperar. El camino continúa entonces, devorándose a sí mismo hasta el punto de partida. Fuego dorado desciende por mi garganta y me obliga a tomar las herramientas de mi oficio y usarlas para buscar un escape. Abro una lata de pintura roja y trato, con ira, de reproducir la mancha que la sangre surgida de la herida causada por la bala dibujará sobre la camisa blanca oculta tras el smoking. La pintura gotea sobre la superficie. Son muchas heridas. Sonrío. Nunca suelo hacer más de un disparo. Con el arma. El revólver calibre 38, corto, cromado, puesto con reverencia sobre la pila de revistas. La sonrisa desaparece. Mi rostro me devuelve, desde la portada, señalada por el cañón del Colt, una sonrisa que ya no es. Mi mano dispersa algunas heridas y las vuelve atardecer. El teléfono. Ya hay un rostro, que un mensajero traerá en breve. El mensajero golpea. No tiene rostro. El único rostro que importa es el que está dentro del sobre que abro manchándolo con la sangre de las heridas que serán. La fotografía surge. Es un espejo.

14 jun 2007

Vino Tinto

1.
Pasos semiconscientes me llevaron al bar artístico de moda. No soy habitual, pero algunos de los parroquianos me conocen, aunque la mayoría prefiere negarlo. Luego de intercambiar algunas sonrisas y medios saludos con los presentes - en un par de ocasiones con bastante hipocresía - logré llegar hasta la barra.

Al sentarme una cerveza apareció ante mí. Hice una seña de aprobación al encargado y volví mi atención hacia dos lindas jóvenes en una mesa del fondo. La porción estratégica de mi mente empezó a hacer cálculos, ponderar diferencias - ambas eran preciosas - y establecer tácticas. Un plan de acción incluyendo un poco de francés bien chapurreado y una rosa se desbarató cuando un par de movimientos en la mesa me dijeron que ninguna de sus ocupantes necesitaba del género masculino.

“¿Decepcionado?”

La voz tenía una extraña cualidad musical. El espejo tras el encargado me mostraba la barra vacía a excepción de un hombre joven con expresión desconcertada. Entonces volví la mirada hacia la puerta del bar. Más que caminar, ella se desplazaba flotando hacia la barra. Según su mirada, la dulce voz le pertenecía. Pero estaba aún lejos y Queen sonaba demasiado alto como para que su me hubiera hablado con claridad. Miré primero la cerveza y luego a ella.

“No, no soy delirium tremens.”

Los ojos verdes y la sonrisa sacaron sin autorización mi mejor mueca idiota y el saludo que pretendía ser halagüeño resultó un balbuceo infantil. Pero me dijo con la mirada que pensaba algo diferente. En ese momento, el encargado, el bar, las muchachas en la mesa del fondo se desvanecieron. Sólo existía Ella. Mil años después volví a percibir We Will Rock You y el informe murmullo de los demás parroquianos.

“Parece como si me conocieras.” Atiné a decir.

La juguetona expresión de los ojos verdes se intensificó. Desvié la mirada antes de que me hipnotizara, disimulando mi turbación con un trago que dejó el jarro de medio litro casi vacío.

“Tal vez te conozca” Una preciosa mano elegante y un tanto pálida se extendió hacia mí. La suavidad helada me encantó.

“Llámame Theri” No había duda sobre la delicada pronunciación de la Th. Aunque carecía de acento, algo en la entonación la delató como extranjera.

“Soy europea” La sorpresa ante la aparente intromisión en mis pensamientos me hizo olvidar decirle que fuera un poco más específica. “Tengo en las venas algo de sangre eslava, griega, un poco de inglesa y de francesa... en realidad, de muchas nacionalidades.”

Aunque lo dijo con seriedad, sus ojos me insinuaron la idea de un viejo y hermético chiste.

“En realidad” continuó “vengo de Yugoslavia. La vida se ha vuelto difícil por allá. Demasiada sangre, pero muy poca... viva.” De nuevo me invadió la sensación de chiste secreto. A partir de ese momento, la conversación fue bastante trivial. De vez en cuando alguno reía. A veces nos mirábamos con profundo interés; nunca pude sostener su mirada.

En el transcurso de la noche noté el resto de su avasalladora presencia. Alta estatura, un cuerpo delgado y de formas exquisitas, piel suave, tersa y pálida, cabello castaño claro con algunos mechones dorados. No necesitaba maquillaje. Vestía un ceñido traje largo y negro, informal pero elegante.

Después de mucho tiempo empecé a percatarme de nuevo de mi existencia, justo cuando ella se despedía. Un vaso con restos de espeso vino tinto que jamás le vi solicitar desapareció del mostrador en las hábiles manos del encargado. Me quedé unos momentos dudando entre otra cerveza o caminar hasta el apartamento. El encargado me miraba con impaciencia.

“¿Puedo cerrar o se queda a dormir?”

Las luces estaban encendidas, no había música y todas las mesas estaban vacías. Miré mi reloj: Casi las cinco. La cerveza debía estar afectándome. Al incorporarme, tomar un taxi me pareció imprescindible. Cuando pregunté por la cuenta, el encargado me miró con conmiseración. “Ya está paga”.

2.
Desperté sin resaca, pero incapaz de levantarme. Eran casi las cuatro de la tarde: Reuní la voluntad suficiente para ponerme en pie y hacer un par de llamadas. Estaba indispuesto y débil, pero me duché y me vestí para sentarme a ver televisión. En algún momento intenté salir al balcón, pero la luz del sol me empujó al interior con brusquedad y dejándome un fuerte dolor de cabeza.

Cuando anocheció el aburrimiento me corroía y decidí que había recuperado fuerzas suficientes como para una corta caminata... que me llevó de regreso al bar.

De nuevo fue innecesario hacer un pedido: el encargado apareció con una taza de café. No capuccino en ninguna de las variedades alcohólicas. Café, caliente, negro y fuerte. El esfuerzo de la caminata me convenció de no protestar. Tuve dificultades con el primer sorbo, a pesar de estar delicioso, pero luego hice desaparecer la bebida con rapidez. Pensé en salir de allí a buscar una o cuatro hamburguesas, y descubrí con sorpresa que no había comido nada en las últimas veinticuatro horas.

Todos los pensamientos desaparecieron cuando Theri entró. No buscaba a nadie, no pasaba por casualidad. Entró, se sentó a mi lado y volvimos a charlar.

El vaso lleno de vino tinto se movía en su mano a medida que gesticulaba para recalcar alguna palabra. Aunque pensé en el objeto varias veces, algo me impedía preguntarle qué bebía. Entretanto, me iba sintiendo débil y mareado. Pero no había bebido nada después del café.

De pronto me encontré como despertando de una inusitada siesta y el encargado me miraba con preocupación.

“Bueno” dijo. “Me parece que habrá que hacer algo respecto a usted.”

“¿Qué?”

“Cuando termine de desmayarse.”

Su rostro se iba haciendo cada vez más borroso. No pude sostenerme. Sintiendo la barra fría bajo mi mejilla, lo último que vi fue el vaso con restos de espeso vino tinto.

3.
Desperté ya de noche. La oscuridad en la habitación era absoluta, así como el dolor en todos mis músculos, que me hizo reconsiderar la estúpida idea de levantarme y darme una ducha. Media hora más tarde la volví a ponderar y decidí que era buena.

El espejo del baño me devolvió a regañadientes una imagen demasiado pálida y ojerosa, en vivo contraste con unos ojos enormes y muy brillantes. La enfermedad me favorecía.

La ducha y la ceremonia de vestirme fueron mecánicas. Recuerdo que recobré la conciencia justo en el instante de abrir la puerta del apartamento con la vívida imagen del bar en mi cerebro. “¿A dónde creo que voy en este estado?” “¿Cuál estado?” me respondí. Me sentía bien... pero con sed. Mucha sed. Tanta sed como no había sentido en toda mi vida. Cuando tomé conciencia de ello, la imagen del vaso de Theri, el eterno trago de espeso vino tinto, se presentó ante mi con tanta claridad como si ella estuviera presente con su mirada verde esmeralda y su suave, pálida y provocativa piel.

Me pareció extraña la poca cantidad de gente en la calle hasta cuando recordé que mi muñeca izquierda llevaba un reloj. Eran más de las doce. Debí dormir hasta cerca de las diez sin interrupción, pero en ese momento llegué al bar y todos los pensamientos desaparecieron.

Ella aguardaba. Había llegado hacía poco, pues aún no le habían servido el infaltable vaso de vino. Me senté cerca de ella y, la siguiente vez que miré su mano, el vaso estaba allí. Con muy poco vino.

“¿Decidiste reducir tu dosis?”

“No. Es sólo que el tonel ya está casi vacío. Éste es el último trago.”

La debilidad regresó cuando ella pronunció esa frase con ese tono extraño de broma antigua y secreta. Vació lo que quedaba en el vaso y sentí que las luces empezaban a apagarse, y mucho, mucho frío. Ella se acercó con lentitud y me dio un beso suave en los labios. Su boca estaba fría y aún tenía rastros de ese último trago de vino que, justo antes de sentir a mi alrededor la oscuridad definitiva, identifiqué como mi propia sangre.