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14 sept 2007

Nosotros callaremos para siempre

Cuando escucho su nombre siento cómo el deseo se apodera de mis venas y cuando
ese deseo es demasiado fuerte no tengo más remedio que la de unir mis manos y
rezar
La mujer que está frente a mí es Mariana, la catequista de mi iglesia, y debo confesar que mantengo un amorío con ella. El hombre que está a mi derecha es Jesucristo y confieso que lo he traicionado.

La unión fue inevitable y si ustedes, hijos míos, conocieran a Mariana me concederían razón, ya que ella es la mujer más bella en cuerpo y alma que he conocido, si la vieran desenvolverse ante los niños preparándolos para su primera comunión se darían cuenta la bondad de su corazón.

La unión es inevitable pues debemos mantener las apariencias, sin duda yo seré hombre por siempre y ella será mi mujer muy a pesar de cualquier circunstancia. Puedo jurar ante este altar que aquella mujer me hace caer en pecado sin sentirme culpable pues al estar tan de cerca a ella logré ver cada rincón de aquel paraíso del que nuestros primeros padres fueron expulsados, conocí el blanco y el negro en sus ojos. Nuestros encuentros han estado más allá del bien y el mal. Yo he sido el hombre más feliz y no he podido ni quiero salir del profundo y hermoso abismo en el que me adentré mientras ella me ató a sus dilatadas pupilas.

Mariana camina hacia mi y el rojo de la alfombra contrasta y le sienta siempre bien, sin duda verla comer de mi mano y beber del vino que domingo a domingo le ofrezco me apasiona y me hace olvidarme que se trata del cuerpo y de la sangre de Cristo.

Yo soy el Padre Joaquín y el hombre que está a mi derecha es Jesucristo, la mujer que está frente a mi es Mariana, la catequista de mi iglesia y el hombre que está a su derecha es el que en este preciso instante será su marido y si alguien tiene un impedimento para que se lleve a cabo tan despiadada unión que hable ahora o que calle para siempre.