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13 jun 2011

Corta historia, y no de amor

Ella, tan hermosa, tan eterna, tan mortal.
El, tan imperfecto, tan mundano, tan real.
Ella, tan sola, tan feliz.
El, tan solo, tan osado.
Ella, tan alicorada, tan olvidadiza.
El, tan extenso, tan caliente.
Ella, tan exhausta, tan plácida.
El, tan fugaz, tan acertado, tan lúcido.
Ella, tan taciturna, tan implacable, tan salvaje.
El, tan indulgente, tan permeable, tan usado.
ella, tan inconstante, tan pasajera, espero la llegada de la mañana y se fue sin decir adiós.

17 dic 2008

Status quo





Un nuevo nombre que pide autorización para hablar contigo. Letras que disminuyen contingencias y conversaciones multimodales y multimediáticas moldean una expectativa por conocer en medio de la profunda soledad y el ansia de conocer y recorrer.

Cortes, jueces, muertes y cinismo que utilicé para cautivarte. Músicas posibles para el alma noctámbula y nuestras letras que con cada click sobresaltaron nuestros corazones mientras en la profecía del fin del mundo solo pensábamos si podríamos hacer tantas cosas con nuestro poder felino.

Un beso, la luna y mi camioneta roja fueron el escenario para ver el futuro. Relaciones de poder en las que ninguno podrá imponerse porque tenemos fuerzas imparables. Animo de dominio y latinismos efímeros que nos hacen ver intelectuales. No lo somos. No lo hemos sido a pesar de que nos lo hemos propuesto.

Poco tiempo tomó para explorar fluidamente tu carne en mis manos al mismo tiempo en que me ordenabas perder el control. Lo hice. Y lo hice porque siento y sentí que valías la pena. Escribí mi nombre en tu boca entre gemidos silenciosos y en tus ojos dibujé una súplica de más caricias. De tanto en tanto nos juntamos entre el vino tinto y el atardecer. Juntos descansamos la química de nuestros cuerpos desgastados para retozar de nuevo entre epístolas y armonías.

Ciento cuarenta espacios posibles en el universo que indican un pensamiento mutuo. Crisis que invaden con una fuerza titánica y nos llenan de pesadumbre profunda. Violencia desgarradora. Paz perpetua. Pactos rotos. Alas blancas. Derrotas provocadas.

Ahora solo esperamos renovar un sentimiento que por poco no logramos reparar. Nos libraremos de las ataduras de lo que pretendimos ser y encontraremos lo que verdaderamente somos. Espero no asustarte porque ahora solo esperamos poder volver a amarnos.

Soundtrack: Something about us - Daft Punk
Pic: "Cherry Blossoms" by dwinton Imagen cedida con una licencia Creative Commons BY-NC 2.0

14 sept 2007

Ella

La colilla chisporroteó y humeó al chocar contra el asfalto mojado. Pronto, la lluvia terminó por apagarla. La lluvia que ya había atravesado mi gabán, mi sombrero y el resto de mi ropa y que ya parecía estar llegando hasta los huesos.


Encendí otro cigarrillo. El último del paquete. Del segundo paquete que fumé mientras esperaba a que Ella saliera.

Todo había empezado unas semanas atrás. Fuera del negocio por algún tiempo – lo que tardó en sanar la pierna derecha, rota al caer de un segundo piso, empujado por un fugitivo imbécil que no creyó que mi arma estuviera cargada y se acercó más de la cuenta. Cuando mi pierna se rompió, él ya estaba tocando las puertas del infierno. Y yo ya había perdido la maldita recompensa.

Incluso un par de dias es demasiado tiempo para estar desconectado de las principales fuentes de información y de trabajo. Una sola llamada fallida implica que un contratista llamará a algún competidor. Así que esas vacaciones forzosas fueron toda una eternidad de estar sentado viendo estúpidas películas en vídeo, comiendo pizza y limpiando una y otra vez el arma hasta cuando casi la desgasté. Y cuando pude tirar al bote las muletas al menos tres grandes contratos estaban en manos de la competencia, y yo mismo tuve que ir hasta los sitios donde habitualmente se intercambia la información y se cierran los negocios de este tipo.

Fueron un par de noches de vagar por las calles, en medio de la lluvia, calado hasta los huesos y con cada vez menos dinero para comprar comida, whisky y cigarrillos. La comida me importa poco: la vida en las calles le enseña a uno que no es realmente indispensable. El whisky… bueno, que me tome cuatro o cinco botellas a la semana no quiere decir que sea ningún alcohólico, así que me puedo pasar sin él. Pero los cigarrillos son mi vida… la que se escapa en volutas azules es la misma que entró unos segundos antes en una gloriosa aspiración de humana podredumbre.

La tercera noche fui al Bar. Nombre insípido para un local insípido, pero donde ocasionalmente había logrado algún buen contrato. Hay que tener en cuenta que después de tres horas sin cigarrillos cualquier contrato es bueno.

Y había un contrato… cerrándose justo cuando entré. Suerte que el desafortunado competidor era Will Tramper, que se echó a temblar apenas crucé la puerta. Una vieja historia. Algún día Tramper me cobrará su deuda, pero esa noche salió corriendo como el cobarde que es. Así que tomé su lugar en la barra, pedí un whisky y acepté el cigarrillo que el confundido cliente me ofreció.

Diablos, el contrato era bueno. Seis cifras, y todo por localizar – ni siquiera fotografiar y mucho menos acercarme hasta la chica. Hasta Ella.

La primera vez que la vi fue en una fotografía en blanco y negro, granulada y desenfocada. No mucho para ver, en realidad, salvo un cuerpo maravilloso cubierto pero no oculto por cuero negro, a bordo de una enorme motocicleta en movimiento, una de esas que uno siempre ve conducidas por un enorme cerdo musculoso y barbado.

Eso y nada más.

Pero ya tenía por donde empezar: los motociclistas. Cada una de esas motos es especial, única e inconfundible, y algunos de los veteranos que se reunían a jugar billar en los bares de carretera podrían identificarla sin duda.

El negocio empezó con pie derecho y cinco cifras en mi bolsillo, que me permitieron ponerle carburante al viejo cacharro y viajar hasta uno de los bares favoritos de los pandilleros… y comprar cigarrillos para todo el resto de mi vida. Bueno, si no me los fumaba durante la noche.

Sólo tuve que abordar a cuatro cerdos musculosos y gastar tres billetes antes de que alguien identificara la moto: había pertenecido al jefe de una pandilla, una de las más grandes, pero el tipo había muerto en un accidente de tren y su chica se quedó con la máquina. El tipo no sabía nada de la chica, pero me dio toda la información sobre la pandilla y sobre el antiguo propietario del vehículo, así que tres noches después ya sabía su nombre y dirección, y el sitio donde trabajaba atendiendo la barra de un bar hasta la madrugada.

Así que allí estaba, fumándome el último cigarrillo y esperando a que Ella saliera por la puerta de servicio del bar. Y vigilando al otro, una simple sombra acurrucada en un alero a tres pisos por encima y unos diez metros por detrás de mi posición tras el poste de la energía.

Finalmente, la puerta se abrió y salió uno de los meseros. Luego el otro, riendo y despidiéndose de alguien que quedaba adentro.

Luego salió Ella.

Era la primera vez que la veía en persona – algunos de los informantes habían aportado nuevas fotografías, casi siempre sin darse cuenta – y de pronto me di cuenta de que no conocía su rostro. Las fotos siempre eran demasiado lejanas y demasiado oscuras. Todas eran nocturnas, de hecho.

Pero tenía que ser Ella. El impermeable estaba cerrado por una correa que rodeaba una cintura tan estrecha que sólo podía ser la suya, y el contoneo – o mejor, la sensual ondulación – al caminar era exactamente como yo había imaginado que debía ser.

El tipo en el alero empezó a moverse antes de que Ella cerrara la puerta. Yo ya tenía el arma amartillada antes de que sacara la llave de la cerradura.

Ella me vió al salir y se quedó como congelada, mirándome a los ojos. Lo único que sé es que no estaba asustada. De hecho, sonreía. Pero la sonrisa desapareció cuando el tipo que la vigilaba desde el alero cayó – o se materializó – justo entre Ella y yo.

Alcé el arma y grité al tipo para que estuviera quieto. Me miró y se abalanzó sobre mi. Y yo le vacié el tambor del revólver, pero no pareció sentirlo. Primero cayó sobre mi con todo su peso, luego se incorporó y me arrojó sobre un montón de basura. Sin tiempo para recargar, tomé lo primero que encontré: una botella, rota por el gollete. Cuando el tipo volvió a caer sobre mi para izarme y lanzarme, se la clavé en la garganta. El tipo hizo un ruido como de gato furioso, se llevó las manos a la garganta y yo tuve tiempo entonces de sacar la navaja, abrirla y enfundarla hasta la empuñadura exactamente en su corazón. Cuando se desplomó, me incorporé y busqué a la chica con la mirada. Estaba apoyada en el poste donde yo la había estado esperando. Caminé hacia ella, cojeando un poco – el frío y la pelea me habían lastiado la pierna.

“¿Por qué tardaste tanto?” fue su saludo.

“No me lo agradezca. Sólo hice lo que cualquier otro hubiera hecho.”

“No, muy pocos hubieran podido hacerlo.”

Nunca supe cómo me encontré abrazándola, pero en medio del beso que siguió no me importó mucho. Después de una deslumbrante ráfaga de gloria proveniente de sus labios, se alejó un paso.

“Es una lástima que no hayas podido hacer tu trabajo”

“Espera un minuto” le dije. “Claro que estoy haciendo mi trabajo.”

“Ya no es necesario.” Dijo ella, sonriendo con esa enigmática sonrisa suya, acercándose para darme un beso de despedida mientras ponía algo en mi bolsillo.

Un fajo de billetes. No conté, pero era mucho. Cuando volví a mirarla, ya no estaba. Se había esfumado.

La lluvia arreció. Busqué mi arma y de pasada me di cuenta de que el cuerpo del tipo no estaba. En su lugar había sólo un montón de cenizas que la lluvia dispersaba con rapidez.

Emprendí la caminata en medio de la lluvia atroz. Una caminata que no acabará. Pues sólo terminará cuando la encuentre.

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Nota del perpetrador.

1- Me importa un comino la coherencia.
2- Es autobiográfico.
3- No, no termina aún.

14 ago 2007

Tiempo Inútil.

Habían pasado varios días en los que EL se dedicó de lleno a su trabajo, inmerso en sus ocupaciones, sumergido en nuevos proyectos, tareas, reuniones, con el fin de no darse permiso para extrañarla.

Sin embargo, su faceta de adicto al trabajo, una vez más estaba fallando, eran demasiados días sin sentir su sabor de mujer, demasiados días sin oler su cabello, sin admirar la piel de sus hombros descubiertos, sin verla sonreír en la mañana al despertarse junto a EL.

Eran demasiados días.


…Y a pesar de su fallido intento por no echarla de menos, por no necesitarla; ELLA no se alejaba de su mente. De nuevo sentía ese vacío en el pecho, que siempre aparecía cuando insistía en alejarse.



Era demasiado tiempo sin ella. Ese tiempo que EL siempre ha creido necesario para olvidarla, pero que finalmente solo es útil para darse cuenta de lo que realmente siente por ELLA.

11 ago 2007

Sentidos Vacíos

El ruido del jardín lo despertó; los pájaros cantaban mientras podía escucharse a lo lejos el bullicio de la gente en el parque cercano. Vio que el reloj marcaba pasadas las diez y sabiendo que no podría volver a dormir decidió que dar una pequeña caminata le ayudaría a despejarse un poco.

Bajó a la cocina y se preparó un sándwich ligero que lo acompañó con un jugo de naranja instantáneo; lavó y ordenó lo poco que había utilizado y luego de arreglar dos o tres cosas más subió para arreglarse y salir a caminar. Encendió la radio y las notas parecían no producir efecto en él; sin inmutarse entró a la ducha mientras la música inundaba la habitación. Se bañó de manera mecánica; últimamente las cosas le parecían simples, vacías. Se arregló de manera informal y tomando su teléfono móvil y billetera se dirigió al parque.

Cuando llegó pudo ver que todos los juegos estaban repletos, niños, parejas, familias iban y venían por todas partes; incluso ese paisaje tan colorido no hizo mella en su carácter, compró un refresco en botella y decidió llegar hasta el lago que se encontraba en la parte más alejada del parque, solía ir allí cuando buscaba pasar un rato solo con sus pensamientos; caminó y vio sentada en una banca a una joven que se entretenía leyendo un libro y perdiendo la vista a lo lejos en el lago.

Se detuvo por un instante mientras veía a la muchacha, llevaba esas faldas y blusas tipo hippie, unos lentes y el cabello suelto que lucía con cierta coquetería; cerró los ojos un momento esperando que al abrirlos esa imagen no desapareciera como los espejismos del desierto.

Con paso indeciso decidió acercarse a la muchacha, intentando no hacer ruido para no asustarla; de un momento a otro ella miró por donde él venía y luego de una fugaz sonrisa apenada volvió a bajar la cabeza y se concentró nuevamente en su libro. Sintiéndose como un niño pequeño que habla por primera vez con esa niña que le gusta caminó hacia donde ella se encontraba y tomando todo el valor que pudo dijo:

– Hola, ¿Qué tal el día? – ella alzó la mirada y volvió a sonreír. Estando frente a ella pudo ver que sus ojos eran transparentes y su sonrisa sincera que le daban a su cuerpo un aire casi celestial. Supo en ese momento que no querría buscar a nadie más; estar junto a ella le devolvería el sabor y color a la vida y sabía que sería capaz de hacer hasta lo imposible para hacerla verdaderamente feliz. Y desde ese momento todo fue diferente.