El General Díaz fue desterrado a Francia en donde lo aguardaban con los brazos abiertos.
Ya sin él, se desató una desenfrenada hambre de poder que recorría el país de norte a sur dándole a la sangre la facultad de teñir a la tierra del color que más le placiera. Hijos de un mismo pueblo apuñalándose, fusilándose, hiriéndose y matándose entre sí, ¿Cuál será el motor inhumano para matar a un hermano?
Eduardo estaba ahí, hambriento, mugriento, lleno de polvo y tierra, con la suciedad hecha costra y la sangre-viva, esperanza.
Guadalupe, con sus enaguas alzadas para poder navegar con mayor facilidad entre tantos cuerpos: unos tantos estaban vivos, otros, un tanto agónicos y otros muchos, muertos, iba en busca de un hombre del cuál ni siquiera sabía su nombre, recordaba sus ojos sólo por la noche que los tuvo muy de cerca frente a los suyos.
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Ya sin un objetivo claro por el cual luchar, con una falta de paz en el alma y una guerra abundante que se le veía en el cuerpo, Eduardo exhortó a un corazón herido a hacer un labor sobrehumano para seguir latiendo. Su cuerpo parecía estar untado con una sustancia color a chocolate, pero el aroma a muerte decía en sus notas que esa consistencia negruzca era la tierra de la que injustamente no somos dueños mezclada con una sangre que si es nuestra y que duele.
Entre gritos de agonía andaba Guadalupe, con la quijada firme y una entereza celestial. En el suspiro de sus ojos se podía ver la fortaleza de su alma y de su fe. Una mujer de corazón bravío y de sutil belleza, con un cuerpo labrado en fina madera, con el color fuerte y con el brillo resplandeciente. Su piel, sin duda, era caoba.
Guadalupe, en un evento casi milagroso, observó a aquél hombre con vida entre los muertos y sin pensarlo se dirigió a su lecho para estar con él, pues podría ser la última vez que lo sintiera.
Esa mujer, ahora si, con el alma hecha un harapo pero con el corazón desbordado como una máquina de vapor, se acuclilló al cuerpo de aquél hombre emborrachado de emociones y con una cierta destreza que sólo el amor puede dar, pasó su mano izquierda por debajo de la nuca de Eduardo, para sostener su cabeza y tenerlo más de frente.
El destino hizo justicia y una vez más los mostraba juntos, esta ocasión era el quién estaba entre sus brazos y asu total disposición. Sin oportunidad de evitarlo, Eduardo rompió en llanto como implorando perdón, ella no hizo más que limpiar y besar su frente en señal de perdonarlo.
Guadalupe, sacó el puñal que llevaba entre las enaguas y apuñaló sin misericordia hasta matar a aquél criminal que le destrozó la falda, la blusa y consigo, el corazón. Apuñaló con enfado hasta hacer los suficientes agujeros como para verter lo poco que le quedaba de sangre a aquél hombre que soñaba con una revolución que sólo le dio más hambre y más pena.
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11 jun 2007
Color a Chocolate
Narró:
Alejandro Serafín
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Escucharon y Hablaron
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Temas: Alejandro Serafín, Conquista, Mexico, Revolución, Sangre
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