Era un día terrible, sepultado entre vapores grises y azules, la sinfonía de la tetera tratando de escapar de las llamas de la vieja estufa. Otra vez ahí, había sentido varias veces un apretón, el abrazo del frio que hacía que sus pulmones se llenaran con líquido, que su ser sintiera el peso de cada respiración, un fuelle marchitado que parecía estar roto y que así lo manifestaba con un silbido apagado y disonante. Derruido por la tos continua de la voz hecha a un lado, tanto como sus pensamientos, disminuido por las enfermedades; de una edad en la que sentía a la naturaleza como una vengadora despiadada, libre de moralidades y dispuesta a tomar de cada cual lo que le habían arrebatado por el peso de sostenerse en su seno.
Eran más de las cuatro de la madrugada y aún no había podido cerrar los ojos más que para intentar oscurecer el mundo al unísono, mientras que su dolor lo cambiaba de color con cada pestañeo; Sus ojos eran los ojos de la distancia, que otrora habían perdido el brillo y que ahora en lugar de reflejar cosa alguna, presentaban un panorama profundo, un rincón lleno de recuerdos y desafíos.
Hacía ya un buen tiempo en que el sueño lo había abandonado, como antes lo habían hecho las fuerzas y la esperanza. Solía refugiarse en el transparente calor del Vodka, mismo que nunca lo juzgo, y que lo mantuvo a salvo y cuerdo por varios años en las minas, en tiempos en que el valor, el coraje y la honra eran bienes casi tan preciados como lo que se arrancaba de las entrañas de la tierra; conservaba todos esos recuerdos, tan pegados a su ser como el asma que le habían dejado los minerales, aquellas rocas que si bien le habían dado sustento, nunca le dieron la riqueza anhelada, y si un centenar de problemas, un millón de dolores.
Sus sueños se habían roto mucho tiempo atrás, y los retazos de los mismos los había usado para rellenar el colchón el cual alguna vez creyó poder llenar de dinero. 55 años después de haber llegado ahí, sentía el peso del tiempo como si fuera un lastre, se encontraba anclado allí, y muchas veces entre la tos seca y las madrugadas, frías y vacías en que salía a contemplar el firmamento, buscaba en el cielo a algún dios que se llevara su miseria, o alguna estrella que cayera sobre él y acabara de una vez con todo.
En esa madrugada el cielo estaba despejado y le parecía inconcebible que helara tanto, casi podía sentir el frio dentro de él, como si fuera el foco del mismo y estuviera dando al sol excusas para no mostrarse por temor al congelamiento. Revolcó de nuevo su taza de té; Aún después de 5 años le dolía la ausencia del café, que lo había acompañado todos los días en el pasado, con más fidelidad que el perro y la esposa, pero que a diferencia de estos últimos, el médico si le había prohibido. Dio otro par de pasos hasta la silla mecedora, los tobillos lo estaban matando, pero lo olvido momentáneamente por el punzón de sus rodillas que le recordaban que su maquinaria estaba ya muy vieja y que debía ser desechada por obsoleta.
Miró de nuevo al horizonte al tiempo que sintió un confort leve cuando sus huesos le dieron un respiro hacia algo más tolerable. En la distancia vio acercarse, dejando una estela de polvo, gracias al resplandor de la luna y las estrellas, algo que parecía oscuro, pero que de alguna forma brillaba con un fulgor metálico; Se quedó unos minutos incontables palpando con su mirada el frenético andar de aquello que al poco tiempo se reveló como un automóvil, un clásico del 69, un Mustang con un par de rayas plateadas escarchadas, con suficiente frente como para atemorizar a un camión y el potente rugido probablemente de una maquina imbuida al menos con 600 caballos de fuerza. Tal vez no era del todo un conocedor, pero sabía que aquello le gustaba, siempre quiso poner sus manos sobre un clásico, arreglarlo y después conducirlo por las carreteras planas y pavimentadas, más allá de las minas, más allá del trabajo, los deberes y las penas, más allá de su horizonte; Sin embargo su trabajó absorbía no solo su tiempo, sino también su salud y alma; Y cuando ya no pudo trabajar más, se vio demasiado agotado como para darle combustible a alguno de sus ya lejanos sueños.
El automóvil parecía venir totalmente de frente hacia su casa, y le parecía encantadora la idea de que chocara de contra sus tristezas y su soledad, pero no fue así y el Mustang 69 vino a frenar poderosa pero delicadamente delante de su casa; De inmediato un sujeto de apariencia imponente de al menos 2 metros de estatura se bajó del auto, pantalón de cuero y botas de serpiente de aspecto texano, una camisa ajustada de cuello amplio y abierta desde la mitad del pecho dejando ver un enorme collar con forma de algún símbolo extraño; totalmente de negro, pero con la piel más blanca que había visto jamás, gafas oscuras, una barba descuidada, rematando su apariencia con un guardapolvo también en cuero que ya solo daba sospecha de su color original.
El hombre se dirigió hacia él, subiendo con seguridad por las escaleras que protestaron probablemente debido a la costumbre de cargar solo la mitad del peso; el extraño hombre de negro, dio un giro hacia la derecha dirigiéndose hacia él; con una sonrisa extraña se detuvo a 1 metro de él, quitándose los lentes oscuros antes de hablarle.
Richard, perdona la tardanza – dijo el hombre, mientras seguía sonriendo – ya es hora de irnos…
Cuando salió el sol, gradualmente fue tocando con su cálida y anaranjada luz la vieja casa de tablas en medio del cruce de caminos, mas empolvada que la misma carretera, dejando ver a su paso a un hombre muy anciano, curtido por el dolor y entristecido por la soledad, quien sin embargo dejaba ver una mueca de tranquilidad, un viejo vuelto ya cadáver quien había fallecido probablemente sobre la madrugada de ese mismo día. Había esperado mucho tiempo su llegada, pero al parecer la muerte en su potente Mustang, se había perdido en el camino.






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